miércoles, 14 de octubre de 2026

RÍO ABAJO, TRANSPORTE DE MADERA POR EL RÍO GUADALOPE

 

    La explotación forestal y el comercio de la madera fueron actividades protegidas mediante diferentes providencias reales. Aunque el río Guadalope nunca adquirió la importancia del Tajo o Júcar, las maderas de los bosques del Alto Maestrazgo eran muy apreciadas para la construcción de templos y edificios singulares en las localidades del Bajo Aragón y, desde el siglo XVIII, para la construcción de navíos de guerra. Villarluengo fue el principal centro maderero y sus vecinos utilizaban el Guadalope para transportar la madera hasta el Ebro, haciendo valer sus derechos de navegación por el río, aprobados en 1601, y abonando los peajes o derechos correspondientes. También en Ejulve la extracción de la madera adquirió gran importancia.

    Las maderadas del Guadalope

    Dado que el Guadalope es un río de caudal irregular y orografía complicada, la madera descendía suelta, en forma de troncos individuales, guiados por los gancheros. Estos eran jornaleros que, durante una época del año, se dedicaban al transporte de madera e iban equipados con un gancho de madera de avellano. Existen noticias de la presencia de gancheros procedentes del Marquesado de Moya y de la cuenca del Turia en las labores de preparación y conducción de maderadas por el río Guadalope hasta el Ebro a finales del siglo XVIII, aprovechando principalmente las crecidas primaverales (abril-mayo) y, en ocasiones, las lluvias otoñales (octubre-noviembre).

    Aunque el río era un camino público y la madera tenía prioridad de paso, los madereros estaban obligados a reparar los daños causados en los azudes por los troncos, que chocaban y se amontonaban contra estos obstáculos, llegando en ocasiones a destruirlos. Para evitar daños en las presas, a lo largo de los siglos XVIII y XIX se obligó a los constructores de azudes a dejar un "paso de maderadas" o canalón. Se trataba de una rampa o compuerta por la que el agua caía con fuerza y guiaba los troncos por encima de loa presa, evitando que golpearan la estructura principal. En los azudes más importantes, los gancheros sacaban los troncos del agua antes de alcanzar la presa y los arrastraban por la orilla para volver a introducirlos en el río aguas abajo.

    En el tramo alto del Guadalope, la estrechez del cauce retenía los maderos, especialmente en parajes como los Órganos de Montoro. Algo similar ocurría en los pequeños azudes y batanes. En la zona de Mas de las Matas y Aguaviva existían pesqueras y azudes que derivaban agua para regar las extensas huertas. Los gancheros debían maniobrar con cuidado para evitar su destrucción por el continuo choque de los troncos arrastrados por la fuerza de la corriente primaveral, lo que con frecuencia provocaba enfrentamientos entre gancheros y regantes. Por el contrario, en las zonas más anchas del río, los troncos quedaban varados.

    En el azud de Calanda, los gancheros a menudo tenían que empujar los troncos por la orilla para salvar el desnivel sin dañar la presa. Allí se separaban los maderos delgados de los gruesos y se abonaba el transporte conforme iban llegando.

    Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1845-1850), menciona que junto al puente de Castelserás existía una especie de puerto por el que descendían miles de troncos con destino a Alcañiz, Caspe, Calanda y otras localidades.

    Alcañiz era el principal destino de las maderadas. En el Azud del Molino Mayor derivaba el agua necesaria para el funcionamiento del principal molino de la ciudad. En ese punto conocido como el Puntarrón de San Jaime o de Valencia, existió un portazgo donde se controlaba la llegada de los troncos.

    Las obras de la colegiata de Alcañiz exigieron un importante consumo de madera, que en su mayor parte se extrajo de los bosques de pinos de Villarluengo. Entre las partidas documentadas destacan las siguentes:

·   En mayo de 1741, Cristóbal Mustiel, vecino de Caspe, se comprometió a suministrar 530 maderos.

·   En marzo de 1742, Miguel Sanz y Joseph Bondía, vecinos de Calanda, se obligaron a transportat 487 maderos desde Santolea hasta la Rambla del Portal de San Jaime de Alcañiz, por un importe de 387 pesos de ocho reales de plata cada uno. Si el caudal del río lo permitía, los maderos debían recogerse durante el mes de mayo.

·   El 14 de julio de 1742 llegaron a Alcañiz 426 maderos.

    Las maderadas del Río Bergantes.

    Los bosques de Zorita constituyeron otro importante lugar de abastecimiento de madera. El 14 de marzo de 1594 se firmó una capitulación para el suministro de cuatro maderos procedentes de dichos bosques, destinados a las obras que iban a realizarse en las Casas de la Cofradía de La Codoñera.

   Asimismo, en 1742, para las obras del cuartel alcañizano de Santiago, conocido como el "Cuartelillo", se estipuló que: "Toda la madera que se ha de poner en esta fábrica haya y deba ser precisamente madera de Zorita."


    Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 142

viernes, 9 de octubre de 2026

EL TRANSPORTE DE PIEDRAS DE MOLINO DE BARCELONA A LA CODOÑERA

 

    Las piedras empleadas en los molinos sufrían un fuerte desgaste por el uso. Debido a ello, se importaban piezas obtenidas a partir de rocas muy resistentes. Las piedras más apreciadas procedían de las canteras de Montjuic, en Barcelona. En 1774, el ayuntamiento de La Codoñera obtuvo licencia para reunir el Concejo General de vecinos con el fin de tratar la compra de cuatro ruejos y dos sotanas de piedra de Montjuic para el molino de aceite del lugar. El Concejo aprobó el cobro de tres libras de aceite por molada de olivas para sufragar la compra y los gastos de transporte. El 8 de abril acordó con el caspolino Agustín Navarro que trajera desde esa ciudad las piedras que habían sido compradas en Barcelona, aunque en esa fecha aún no habían llegado, y debían hacerlo a tiempo para la molienda de ese año. El transporte de las seis piezas hasta La Codoñera revestía una cierta complejidad logística, ya que combinaba transporte marítimo, fluvial y terrestre.

    La piedra de Montjuic

    Las canteras de la montaña de Montjuic, en Barcelona, se explotaban desde época romana. Se trata de una arenisca muy dura en la que predominan los granos de cuarzo (superiores al 60%), con bandas ferruginosas y cemento silícico, de tonos dorados y rojizos. Era muy apreciada por su facilidad de talla, su endurecimiento progresivo por exposición al aire y su resistencia a la intemperie. Una de las canteras se encontraba en lo que hoy es el Teatro Griego, donde se obtenían muelas de molino muy valoradas, que abastecían el mercado local, pero que desde época medieval se exportaban a Valencia, Murcia, Cartagena, Mallorca, Colliure, Perpiñán, Cerdeña e Italia. Los ruejos eran las grandes piedras circulares móviles que giraban sobre la sotana para triturar la aceituna y obtener la pasta de este triturado.

   Tansporte marítimo

    Los bloques extraídos se desbastaban en la propia cantera para reducir peso y se transportaban hasta el puerto de Barcelona, a pocos kilómetros de distancia. Las piezas se cargaban en el muelle en naves de cabotaje con grúas de madera accionadas por tornos manuales o por tracción animal. Las naves —laúdes, saetías o barcas de mediana— seguían la costa catalana en dirección sur, recorriendo cerca de 200 km hasta la desembocadura del Ebro en Tortosa. La navegación estaba condicionada por los vientos y la estación, por lo que se evitaba el invierno debido a los temporales.

    Transporte fluvial

    En el puerto fluvial de Tortosa se realizaba el transbordo del cabotaje marítimo a la navegación fluvial para remontar el Ebro hasta Caspe. Para ello se empleaban laúdes de fondo plano, con una eslora de 15 a 20 metros, capaces de cargar entre 30 y 40 toneladas, y barcas de mediana, que llevaban cargas más ligeras.

    El remonte aguas arriba era una operación lenta y costosa que, en condiciones favorables, podía durar entre 10 y 20 días. Se realizaba mediante:

1. Sirga: una cuadrilla de cuatro a seis hombres tiraba de la barca desde la orilla mediente cuerdas (sirgas), luchando contra la corriente durante los estiajes.

2. Vela latina: aprovechando los vientos favorables ( el cierzo de cara era el peor enemigo)

3. Pértiga y remos: en tramos de poca corriente.

    Transporte fluvial y terrestre.

    En Caspe se realizaba un nuevo transbordo a embarcaciones menores capaces de remontar el Guadalope hasta Alcañiz. El río solo era navegable de forma irregular, y en muchos tramos era necesario recurrir a la sirga o al transporte por tierra, rodeando los pasos imposibles mediante recuas de bueyes, mulas y carretas de dos o cuatro ruedas, según el estado del camino. En épocas de lluvias, los caminos se volvían intransitables y era frecuente que los transportistas se vieran obligados a esperar varios días a que mejorasen las condiciones. El tiempo total estimado podía variar entre dos y cuatro meses. Las piezas llegaron a Castelserás, para lo cual se facilitaron peones y caballerías. Como gratificación por el trabajo, se le regaló al transportista un carnero, cuatro cántaros de vino y un amasador de pan.


     Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 141



jueves, 8 de octubre de 2026

EL FIADO EN EL MUNDO RURAL

 

    Hasta mediados del siglo XX, y en algunas zonas rurales y hasta los años sesenta y setenta, apenas se utilizaba la moneda en la vida cotidiana. En una población con un alto grado de analfabecitación, la gente hacia sus compras diariamente sin emplear dinero ni escribir una sola cifra en un papel, mediante un sistema de crédito basado en el fiado y en la confianza entre los vecinos de la comunidad. En el mundo rural, el dinero solo estaba disponible en determinadas fechas que coincidían con la terminación de la cosecha, cuando se vendía el cereal, el vino, la aceituna o el ganado. Mientras tanto, se vivía fiado y, con el cobro, se pagaban las deudas. No es casualidad que la palabra fiado, fianza, confianza y fiar comparten la misma raíz latina: fides, la fe. Quien no pagaba sus deudas, además de perder el crédito de la tienda, perdía la estima de sus vecinos.

    El método más empleado era el de la tarja. ElDiccio nario de Autoridades (RAE, 1726-1739) denominaba tarja a "un palo de madera, partido por medio, con un encaxe à los extremos, para ir marcando lo que se saca, ò compra fiado, haciendo una muesca: y la mitad del listón se lleva el que compra, y la otra el que vende: y al tiempo del ajuste, se conforman las muescas de uno, y otro, para que no haya engaño en la cuenta". María Moliner la describe como: "Caña o palo partido longitudinalmente de modo que ambas partes se puedan casar siempre en la misma forma, que se empleaba para anotar las ventas al fiado, haciéndolo con una muesca marcada en ambas partes a la vez, quedándose una parte el acreedor y la otra el deudor". Sus sinónimos eran taja, tarra y tarraja. Este sistema de crédito se utilizó durante siglos en España y en toda Europa mediaval, especialmente en zonas con baja alfabecitación. En Inglaterra se llamaba tally stick y, con el tiempo, daría lugar a la palabra stock. La tarja, al partirse en dos mitades hacía prácticamente imposible la falsificación: si alguien añadía muescas fraudulentas en su mitad, estas no aparecerían en la mitad del otro, y el engaño quedaba al descubierto al juntar las dos piezas. Era, en definitiva, un sistema de doble registro.

    Cada oficio, comercio y tipo de relación económica generó su propia forma de contar y fiar, adaptada a cada transacción. En todos los casos, debía recordarse  el dicho aragonés. "Que la estufa no esté en el mismo mueble que la tarja".

    El panadero, que vendía un producto diario, barato y de cantidad fija (un pan, dos panes), usaba la tarja, donde se hacía una muesca en forma de "V" por cada pan entregado. Una mitad la guardaba el panadero y la otra la mujer que hacía la compra. Al llegar la paga se juntaban las dos mitades, se contaban las muescas y se saldaba la cuenta. También se le hacía una marca para saber de quien era. En Castilla, hasta mediados del siglo XX, se utilizó la tarja del pan, consistente en un prisma de madera de sección cuadrangular y medio metro de longitud, con cuatro aristas. En ella se hacía una muesca por cada pan entregado. Cuando se completaba una arista, se continuaba con la siguiente.

    El carnicero usaba la tarja con un código de muescas diferente: media muesca por un cuarto de kilo y  una muesca entera por medio kilo. Se documenta su uso en Obón, Plenas y Samper de Calanda, donde, en 1803, solo se daba tarja al vecino que dispusiera el ayuntamiento, para facilitar el cobro. En las aldeas de Arcos de Jalón, desde San Juan hasta el mes de octubre, los carniceros repartían carne entre los vecinos utilizando una tarja con un cuño marcado que dificultaba su falsificación.

    El herrero, que trabaja que funcionaba bajo el sistema de conducta o iguala, trabajaba mediante un acuerdo anual, a menudo pactado por el propio concejo del pueblo, por lo cual cada vecino pagaba una cantidad fija en especie a cambio de todos los servicios de herrería que necesitara durante el año.

    El tabernero recurría a métodos más directos: círculos de carbón trazados sobre la pared de yeso del estblecimiento, de distinto diámetro según el importe de la deuda. En la taberna del tío Bienvenido de La Codoñera, el círculo más pequeño equivalía a 5 céntimos; otros representaban 10 céntimos y el mayor, llamado "duro", correspondía a 5 pesetas. Cuando se pagaba la deuda, el círculo se borraba con la mano. En otras tabernas rurales se utilizaba el sistema de cuatro rayas verticales cruzadas por una diagonal, marcadas directanente en la pared, la puerta o el mostrador de madera, para contar los vasos fiados. La expresión "beber sobre tarja" significaba beber fiado, dejando que el tabernero anotase la deuda mediante muescas en la tarja.


    Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº140.

martes, 6 de octubre de 2026

LO MOLINET DEL MEZQUÍN

     Aunque se desconoce la fecha en que fue construido este molino harinero, está documentado que es anterior a 1505, como propiedad de los Propios de Alcañiz. El molino lindaba con el río Mezquín, el vado del camino de Castelserás a La Codoñera y los montes comunes.

    Los vecinos de La Codoñera estaban obligados a moler el trigo en el Molinet, según los estatutos de 1624, y, a falta de agua, debían acudir al molino de Encastres, en Castelserás, bajo pena de 60 sueldos en caso de incumplimiento. Estas multas se repartían de la siguiente forma: un tercio para la Orden de Calatrava, un tercio para los jurados de Alcañiz, un sexto para el acusador y un sexto para los jurados del barrio de La Codoñera. Debían cobrarse en un plazo máximo de entre nueve y doce días. La tasa por moler el grano era de un cuartal por cahiz (1/24 del total molido).

    En la Concordia del año 1624, se nombra el mas de Molinet. En 1635, los jurados de Alcañiz arrendaron el molino a Martín Senlí, de La Codoñera, por un periodo de tres años, a contar desde el 18 de mayo, por un importe anual de 5,5 cahices de trigo. El arrendatario estaba obligado a construir un azud con estacas y ramas, formando dos o tres cordones (hileras de estacas) y plantándolas al sesgo (hileras de estacas colocadas oblicuamente respecto a las anteriores para formar un entramado rígido capaz de resistir el empuje del agua y evitar que las estacas se abrieran o desplazaran), con relleno de piedra y grava. La nueva acequia de salida debía medir 80 cm de ancho por 110 de calado, para permitir el riego por la margen derecha del río desde el camino de las Casas hasta la balsa del Molinet. La balsa tenía unas dimensiones de 30 m. de largo, 25 de ancho y 1,60 m. de altura, y estaba construida con piedra de cantería. El arrendatario también debía reparar el molino, colocando un tejado de tres con los maderos y tejas necesarios, además de limpiar la balsa y la acequia. El 5 de diciembre de 1671, el molino fue arredado durante tres años, y en 1793 a Gerónimo Martínez. La superficie ocupada por el molino era de 230 varas y contaba con pequeño trozo de tierra de cultivo con frutales y cepas. Por cada dos horas de molienda se obtenía unos 350 kg de harina. Los molineros fueron, en su mayoría franceses. En los protocolos notariales aparecen los nombres de Guillem de la Camba (1603-1605), Gerónimo Torner (1618), Gerónimo Clos de Alcañiz (1656-1659), Silvestre  Foz (1730), Joseph Gil (1747), Antonio Frasno (1748), Pabla Silbern (1748), Mateo Laguna (1762-1767), Joseph Sancho (1758), Tomás Sancho (1765-1767), Vicente Vidal (1763-1766) y Gerónimo Martín (1793-1800), viudo que vivia con sus hijos Juan Martín y María Luisa Martín. En 1731 se construyó el nuevo azud de la Palanqueta, de madera y piedra. Desde finales del siglo XVI, los azudes comenzaron a construirse con piedra y argamasa. En el siglo XVIII, alrededor del molino había plantaciones de moreras. En el catastro de 1756 se citan los propietarios de las partidas del Mas de Molinet (Miguel Molins) y del Pozo del Molinet (Joseph Velilla de Pedro y Francisco Vilanova)

    En 1809 el molinero era Juan Gil. En 1820 lo tenía arrendado por 20 duros anuales. Fue el padre de Manuel Gil, "El Molinero", que alcanzaría el grado de comandante del ejército carlista. En 1840, el general Espartero mandó quemar el molino para impedir que fuera utilizado por los carlistas. En junio de 1856, el molino fue desamortizado, subastado y adjudicado por 31.400 reales a Eusebio Ponz de Zaragoza. En julio de ese mismo año pasó a formar parte de la Sociedad para la Adquisición de Molinos y Hornos procedentes de los Propios.

    El 19 de mayo de 1922, murió ahogada en el lavadro del Molinet, Carmen Ferrer Villar, de tres años, hija de la molinera y natural de Alcañiz. En 1920, el último molinero, Artis, emigró a Argentina y el edificio fue adquirido por la alfarda de Torrecilla para el riego de la horteta, manteniendo una actividad intermitente hasta 1960. En marzo de 1938, los soldados italianos de ingenieros de la división Littorio se establecieron en este paraje. Actualmente, apenas quedan vestigios de este molino.

    Artículo publicado en el programa de fiestas de La Codoñera San Cosme y San Damián de 2026

miércoles, 8 de julio de 2026

 LA  ARRIESGADA TAREA DE TOCAR A NUBLO


    El deterioro climático ocasionado por la Peqeña Edad del Hielo (desde finales del siglo XVI hasta el siglo XIX), caracterizado por un aumento de situaciones metereológicas adversas como sequías, inundaciones y tormentas, tuvo nefastas consecuencias económicas en el ámbito rural y generó una sensación de inseguridad frente a los fenómenos metereólogicos. Para frenar esta incertidumbre, las comunidades recurrieron tanto a la ayuda divina como a métodos de carácter supersticioso. Las nuevas pautas religiosas surgidas tras el Concilio de Trento (1545-1563) fomentaron la religiosidad popular, buscando arraigar la fe en las comunidades urbanas y rurales. Un claro ejemplo de esto fue la creciente devoción hacia los santos asociados con la protección contra tormentas, rayos y otros fenómenos metereológicos adversos. En Aragón, destacaron especialmente como protectores Santa Bárbara y San Bartolomé. Además, el uso de las campanas para ahuyentar tormentas y granizadas se convirtió en una práctica generalizada en los países católicos, basada en la creencia de que el sonido sagrado alejaba al demonio responsable de la tormenta.En el Ritual Romano de Pablo V de 1614, se prescribía que, cuando se produjera una tempestad, se tocasem las campanas para que el pueblo se reuniera en el templo y rezara para alejar el peligro.Las constituciones sinodales del arzobispado de Zaragoza de 1756 establecioeron de forma explícita que los curas debían "esconjurar los nublados".

    Los campanarios, gracias a su ubicación estratégica, se utilizaban para vigilar la llegada de tormentas. Ante la inminencia de una tempestad, las campanas emitían un sonido característico como el "toque a nublo", mientras el sacerdote realizaba un conjuro desde un lugar llamado esconjuradero. Estas cámaras, abiertas hacia los cuatro puntos cardinales, permitían dirigir las plegarias hacia la dirección más adecuada. El ritual combinaba elementos de la liturgia cristiana con prácticas mágicas y tradiciones populares, mostrando la fusión entre la sagrado y lo ancestral en la cultura local. La calle del Esconjurador de Calanda, y la Torre de los Nublos de La Iglesuela del Cid nos recuerdan esta práctica.

    Los campaneros

    Los sacerdotes tenían el privilegio de tocar las campanas; con el tiempo, se incorporaron clérigos de menor rango y, finalmente, seglares. Se trataba de un oficio poco valorado, según la opinión de Bartolomé Casas, quien en 1729 escribió: "...válese la Iglesia de ellas, por no haber hallado más acomodados instrumentos para llamar al pueblo a lo sagrado...". Sin embargo, esta apreciación resultaba injusta, pues, dependiendo del lugar, la tarea requería una gran dedicación.

    La vida de los campaneros variaba considerablemente entre los entornos urbanos y rurales. En las catedrales, estos pasaban toda su vida en una pequeña estancia situada en lo alto del campanario, junto a su familis y sus animales domésticos. Su oficio se transmitía de padres a hijos o, en algunos casos, al yerno. Debían mantenerse atentos a los horarios, conocer la cadencia de los distintos toques, coordinarse con otras iglesias y, además, asumir el riesgo de hacer sonar las campanas para ahuyentar tormentas.

    En los entornos rurales, el cura o un beneficiado y más tarde, el sacristán, compaginaban sus tereas habituales con las del campanero. Tocaban las oraciones tres veces al día, los repiques de vísperas de domingos y festivos, así como los toques de difuntos, además de otros toques extraordinarios. Para alejar las tormentas, se tocada a nublo, a veces como medida preventiva ante su proximidad. En los algunos lugares, las campanas sonaban diariamente al mediodía desde el 3 de mayo, festividad de la Santa Cruz de Mayo, hasta el 14 de septiembre, como ocurría en Ateca y Cariñena. En Alcorisa, el ayuntamiento pagaba a un eclesiástico para que permaneciera en el Calvario día y noche durante ese mismo período, con la obligación de "conjurar las tronadas" y y celebrar cincuenta misas para la "conservación de los frutos". En La Codoñera, en 1526, se menciona la figura del clérigo esconjurador, representada por el cura beneficiado de las Almas del Purgatorio, quien debía participar en las conjuraciones "al tiempo de los nublos". A mediados del siglo XIX, el Ayuntamiento incluia una partida presupuestaria al pago del esconjurador.

    Campanas que mueven el aire

    El tañido de las campanas se creía capaz de generar vibraciones  en el aire, suficientes para romper las nubes o desplazarlas hacia otro lugar. Sin embargo, esta práctica no estuvo exenta de críticas. El 1529, fray Martín de Castañega, en su obra Tratado de las supersticiones y hechicerías y varios conjuros  y abusiones  y de la posibilidad y remedio de ellas, señaló: "Los conjuradores y conjuros de las nubes y tempestades son tan comunes en el reino que, por raro que sea, en casi todos los pueblos de labradores se les asigna un salario y se les instala una garita en el campanario, o en algún lugar público y elevado, para que estén más cerca de las nubes y demonios.. Este error es tan descarado que incluso se compromoten a garantizar que la cosecha estará a salvo del granizo ese año. Llegan al punto de competir y apostar con otros conjuradores de localidades vecinas—que muchas veces son los propios curas— y, durante los conjuros, se vanagliorian de que manipulan la nube como si fuera una pelota, jugando a ver quien logra desviarla hacia los terrenos de otro".

    El matemático y teólogo Pedro Sánchez Ciruelo, conocido como el "maestro Ciruelo", nacido en Daroca, preceptor de Felipe II y profesor de la Universidad de Alcalá. Defendía que las tormentas tenían causas naturales  y que, aunque Dios las permitía  como castigo por los pecados de algún pueblo, esto ocurría muy rara vez. Para combatirlas era necesario recurrir tanto a métodos naturales (toque de las campanas mayores o el disparo de artillería contra la "mala nube") y a rituales litúrgicos. Estos métodos buscaban desplazar y calentar un poco el aire, ayudando a disolver las nubes. Dos siglos más tarde, Benito Jerónimo Feijóo, en su obra Teatro Crítico Universal, calificó estas creencias como supersticiones. Argumentó que las campanas carecían de la fuerza y el alcance necesarios para influir en los fenómenos metereológicos.

    El riesgo de una profesión

    La provincia de Teruel es una de las regiones de España que registra mayor cantidad de descargas eléctricas, un fenómeno ligado a su particlar orografía. Durante los días de tormenta, el número de caídas de rayos muestra una frecuencia de 27,7 en Alcañiz, 27,1 en Valderrobres y 30,3 en Monroyo. Estas localidades reciben aproximadamente 387, 391 y 620 rayos al año. Los rayos son descargas eléctricas que buscan el camino de menor resistencia hacia el suelo, por lo que suelen impactar en los puntos más altos y cercanos a las nubes. Las torres de las iglesias, debido a su altura y a los materiales empleados en su construcción (piedra y ladrillo), combinados con elementos metálicos en sus cimas (agujas, veletas, estatuas, cruces y campanas), conductores de la electricidad las hacen vulnerables a los impactos. La mayoría de los campanarios del Bajo Aragón han resultado dañados por chispas electrícas a lo largo de la historia.: Valdealgorfa (1686), Calaceite (1781), Belmonte (1857), La Codoñera (1878), Alcañiz (1898), Calanda (1913), entre otros.

    Cuando un rayo impactaba en un campanario, se solía interpretar como una señal de la ira divina o una advertencia celestial. En ocasiones, la chispa de un rayo fulminaba o causaba heridas al campanero. El cuerpo humano, al estar compuesto de agua y sales, es un buen conductor de electricidad, lo que facilita el paso de la corriente a la persona que se encuentra en el trayecto de la descarga. El peligro crecía si la persona agarraba la cuerda mojada de la campana. Uno de los sucesos más impactantes ocurrió el 7 de abril de 1850, cuando un rayo golpeó el chapitel de la Seo de Zaragoza. La descarga descendió hasta el segundo piso, de las campanas salió por uno de los vanos y volvió a entrar por una ventana, calcinando los cristales a su paso. En su trayectoria, chamuscó la cabeza del hijo del campanero quemando sus ropas y asfisió a al padre. Poco después el chapitel se derrumbó.

    Los casos de muertes de campaneros solían publicarse en la prensa. En 1825, un rayo fulminó al campanero de la Iglesia del Pino, en Barcelona. Otro caso ocurrió en 1858 en la Iglesia de Sant Feliu de Guixols. En 1912, en Mallol (Olot), la esposa del campanero falleció mientras lo reemplazaba en el toque de campanas durante una tormenta. Otros trágicos episodios incluyen la muerte de un campanero en la Iglesia del Carmen de Valencia, y, en 1916, la de un joven de 17 años en el pueblo de Blecua.. Este último había subido al campanario para anunciar, mediante el toque de campanas, la proximidad de una tormenta. En 1786, el parlamento francés emitió un edicto que prohibía la práctica de tañer campanas durante tormentas, tras documentarse la muerte de 103 campaneros en los 33 años previos, debido a descargas de rayos transmitidas a través de cuerdas mojadas.

    Las muertes de campaneros generaron críticas desde el ámbito científico, que rechazaba la idea de que el sonido de las campanas alejara tormentas y granizadas. La prensa también condenaba esta costumbre, especialmente tras reportar casos de campaneros fulminados por un rayo. Así, el Diario de Aragón del 28 de junio de 1853 exortaba a evitar, a toda costa, el toque de campanas durante las tormentas y recordaba que el propósito original de de tañer las campanas era alentar a la gente del campo sobre la proximidad de una tormenta para que pudieran ponerse a resguardo, no para ahuyentarla, como ingenuamente se creía. El 14 de junio de 1897, el Diario de Avisos de Zaragoza informó que un rayo había dañado el campanario de Fonz y que el campamero se había salvado milagrosamente. El artículo rechazaba la arraigada tradición, aun vigente en muchos pueblos, de que el campanero tocara las campanas durante la tormenta. A Finales del siglo XIX, aumentaron las presiones de los alcaldes por controlar los nombramientos de campaneros y las llaves del campanario. La Iglesia perdió varios litigios frente a los alcaldes que prohibían el uso de las campanas durante las tormentas, como en el caso de la sentencia del Tribunal Supremo del 6 de marzo de 1905, que dictó: "En caso de tempestad, no deben tocarse las campanas".

    Decadencia del toque a nublo

    En 1752, Benjamín Franklin desarrolló la teoría del pararrayos y fue el primero en proponer su uso práctico para proteger edificios. En España el primer pararrayos se instaló en Segovia en 1784, gracias a la iniciativa de la Academia de Artillería. El 3 de octubre de 1887, un Real Decreto dispuso la instalación de pararrayos en todos los monumentos artísticos e históricos. En Alcañiz, la instalación del primer pararrayos tuvo lugar el 15 de junio de 1884, en la Iglesia de Santa María la Mayor. A lo largo de los años, se instalaron más dispositivos en localidades como La Codoñera (1894), Loscos (1900) Valdealgorfa (1901) y nuevamente Alcañiz, entre otras.

    En 1910, el jesuita Juan Ferreres, en su tratado sobre las campanas, rechazaba la utilidad de esta práctica, que reconocía que había disminuido, pero atribuía su declive a consideraciones ideológicas: "Nótese que los rayos no caen ahora sobre los campanarios y campaneros con más frucuencia que hace ocho o diez siglos. Sin embargo, hasta que los enciclpedistas, por su animosidad hacia la Iglesia, comenzaron a criticar el toque de las campanas durante las tormentas, exagerando el peligro, nadie se habia dado cuenta de que tal peligro fuera algo notable" En su opinión, la instalación de un pararrayos evitaría el peligro el riesgo del campanero durante la tormenta.

    Según la tesis de Llop Bayo, los toques de de las campanas se emplaaron hasta los años 60 en el sur y norte de Aragón, "Su abandono no ha sido nunca justificado por prohibiciones eclesiásticas o civiles, ni tampoco por falta de fe en sus resultados, al menos entre los aragoneses, sino por la la disminución de la remuneración". A pesar de la instalación de pararrayos sobre los campanarios sigue ocurriendo en pleno siglo XXI, costosas reparaciones.


    Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº139


martes, 12 de mayo de 2026

LOS MOLINOS HARINEROS DEL RÍO MEZQUÍN

 


    Las primeras referencias al uso de aguas del río Mezquín se remontan a la carta de población de Alcañiz de 1157, cuando Ramón Berenguer cedió el dominio de las aguas del río Guadalope a quienes poblaran Alcañiz. La villa de Monroyo disfrutó de un privilegio otorgado el 27 de julio de 1301 sobre las aguas y fábricas que hubiere y sobre aquellas que se construyeran en el río Mezquín. El 22 de marzo de 1337, Alcañiz compró las aguas del río Mezquín y del Guadalope, los azudes y la acequias Nueva y Vieja, que pasaran por el diezmario de Castelserás. Las aguas del río tradicionalmente se han utilizado para el riego de las huertas y para mover las ruedas de los molinos harineros construidos entre los siglos XVI y XVIII.

    Molí del Regall d´Alcañiz o de d´Alt. Situado a la salida de Belmonte, fue construido por Mariano Martín, posiblemente en 1844, según la inscripción que reza en la fachada. Durante muchos años, conservó una señal a 3 metros de altura que recordaba la riada de 1901.

    Molí de la Dotorica o Molí de Dalt o de la Mari Paz. Esta situado en la margen derecha del río y recogía el agua del azud de debajo de la Torreta dels Candidos.

    Molí del Mig.Fue construido por la familia Grau, en alto, sobre la margen derecha del río. Disponía de una gran balsa alimentada por "aigüeres" que recogían el agua de las vertientes superiores. Un "saltadó" permitia que el agua al caer, moviera los rodetes del molino. Se conservan los agujeros abiertos en la roca en los que se hincaban troncos de madera y entre los cuales se disponían otros perpendiculares que cerraban el cauce. Este azud enlaza con una acequia que corre por el lado derecho del río. Sus filtraciones dan lugar a la Font de la Gaitera.

    Molí del Pelegrí. El hueco de una puerta y unas paredes son los únicos vestigios que quedan de este molino. Antiguamente tuvo dos balsas: una para retener los sedimentos arrastrados por la corriente y otra empleada para riego. Del molino deriva una acequia que va por la derecha del río hacia el Molí del Calvo. El barranco es muy estrecho y está cubierto por una espesa vegetación que da nombre a esta partida, denominada Los Oscuros. En el año 1865, Pardo Sastrón propuso al ingeniero Rafael Lafiguera la construcción de un embalse en este punto, cediéndole los planos por el precio que le costaron.

    Molí del Calvo, del Sinyó Juan Pío, Molí de Baix, Molino de Abajo o Molinet de Bellmunt. Se halla en la margen derecha del río, frente al vado del refugio de Torrevelilla. Actualmente solo se conserva una pared de la gran balsa alimentada por la acequia del Pelegrí. En 1773, La Codoñera se querelló contra Belmonte cuando este quiso construir un azud y una acequia en su término, a lo que La Codoñera se opuso argumentando que el remanso del agua afectaría al rodete del molino harinero de Juan Boned, situado aguas arriba. Hacia 1780, fue comprado por José Membrado, quien lo amplió. El nombre del Molino del Calvo hacer referencia de Alejandro Calvo, que lo usufructuó como cuñado de Alfonso Membrado Ejerique, quien lo heredó.

    Molino Siscar. Se halla en la Val del Moreral antes de su confluencia con el Barranc Fondo. La existencia de un primer molino se remonta al año 1571. En 1725, Jorge Siscar pactó con Joseph Satres, albañil de Belmonte, para que construyera un nuevo molino harinero junto al que ya tenía, con una balsa encima del viejo. Su balsa recibía las aguas de dos acequias: la del Barranc Fondo, que nace en el azud del salto de la Rabosa, y la de la Val del Moreral-Torretas. El molino funcionó hasta mediados de la década de 1940.

    Molinet de La Codoñera. La antigüedad de este molino harinero es anterior a 1505 y pertenecía a los propios de Alcañiz. Este era, junto con el de Castelserás, uno de los molinos a los que los vecinos estaban obligados a acudir para moler sus granos, pagando una tasa de un cuartal por cahíz (equivalente a 1/24 del total molido). El molino era impulsado por el agua de una acequia que comenzaba en el camino de Les Cases. En 1840, el general Espartero ordenó quemar el molino para evitar que fuera utilizado por los carlistas. Posteriormente, en junio de 1856 fue desamortizado, subastado y adjudicado por 31.4000 reales. Permaneció en funcionamiento hasta 1920.


     Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 137

lunes, 16 de marzo de 2026

PEONES CAMINEROS Y CASILLAS DE PEONES DURANTE LA GUERRA CIVIL

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    Durante la Guerra Civil, ambos bandos militarizaron a los empleados de Obras Públicas mediante bandos y decretos. El transporte de tropas y material de guerra exigía un mantenimiento constante de carreteras, que se deteriaoraban rápidamente debido al intenso tráfico. Por este motivo, las casillas, además de ser viviendas de mantenimiento de la carretera, se convirtieron en infrasestructuras militares de carácter estratégico.

    Los controles de vehículos y personas muchas veces tenían lugar en las casillas. La situada en las Ventas de Valdealgorfa se convirtió en un punto de control a cargo de las milicias anarquistas. Allí se exigían salvoconductos sellados por el Comité Antifascista de Alcañiz, y quienes carecían de ellos eran retenidos temporalmente en la propia casilla, que funcionaba como calabozo. Sus fachadas encaladas, marcadas con grandes siglas (CNT, FAI, UHP), delimitaban visualmente el territorio ideológico para quienes circulaban por la carretera.

    La casilla más cercana a Alcañiz, al inicio de la subida hacia Valdealgorfa, desempeñó un papel humanitario durante el bombardeo de la ciudad el 3 de marzo de 1938, socorriendo a quienes huían aterrados de Alcañiz. Tras la ruptura del frente por las tropas franquistas, el 9 de marzo de 1938, el ejército republicano se desmoronó. Miles de soldados y civiles intentaron huir hacia la costa por las carreteras de Gandesa y Tortosa. Sin embargo, los camiones viejos y sobrecargados, se atascaban con frecuencia en las cuestas entre Alcañiz y Santa Bárbara de Valdealgorfa, convirtiendo la carretera en una auténtica ratonera. En las cunetas próximas quedaron abandonados perchechos, maletas y vehículos averiados durante la desesperada huida ante la inminente llegada de tropas franquistas a Alcañiz. Igualmente, el intenso de transportes militares era motivo del continuo desgaste del firme de la carretera, tarea en en la que el trabajo de los peones camineros resultó imprescindible. Las casillas de Las Horcas y al pie de Santa Bárbara de Valdealgorfa sirvieron temporalmente como puestos de mando avanzados de la división republicana de Líster. En la primera de ellas, el general Rojo se entrevistó con Lister la noche del 13 al 14 de marzo de 1938, y desde allí oyeron el repique de campanas de Alcañiz con el que las tropas italianas anunciaban la toma de la ciudad.

    Los oficiales italianos también utilizaron varias casillas como puestos de mando. Al contar con chimenea y muros, resultaban más adecuadas que las tiendas de campaña. Así, la del kilómetro 121,4 de la carretera de Morella, situada después del cruce de Torrecilla, fue el puesto de mando de la brigada italiana de Flechas Negras a finales de marzo, durante su avance hacia el Matarraña.

    Por ser construcciones sólidas, con muros de manpostería y cubierta de teja, aisladas y estratégicamente situadas, las casillas fueron puntos de resistencia. Las casillas de Las Horcas y Santa Bárbara fueron escenario de intensos combates entre las tropas italianas y la división de Lister. Muchas quedaron tan dañadas que nunca llegaron a ser reconstruidas. Debido a su aislamiento, las casillas y otras obras de fábrica se utilizaron para ocultar munición. Años después del conflicto, era frecuente encontrar restos del material bélico en los patios traseros de estas edificaciones.

    Tras el final de la guerra en 1939, los peones camineros fueron sometidos a expedientes de depueración por el nuevo régimen franquista. Si un caminero había continuado ejerciendo su labor durante la guerra en el bando republicano, a menudo era sancionado, trasladado forzosamente a otra provincia o expulsado del cuerpo, perdiendo con ello su vivienda. Muchos peones camineros no pudieron regresar a sus destinos y otros no quisieron hacerlo debido a la inseguridad generada tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la aparición de la guerrilla del maquis. El asesinato del peón caminero de la casilla de la Val de Luna en 1947, a manos de la guerrilla, junto con las duras medidas adoptadas por el general Pizarro para acabar con ella (entre ellas, la obligación de abandonar las casillas durante la noche), supusieron un golpe del que el sistema ya no se recuperaría. El proceso de declive se prolongó lentamente hasta la década de 1960, cuando se reorganizaron los equipos de consevación y se reconstruyeron los Parques de Maquinaria de la Zona.



               Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 135