miércoles, 8 de julio de 2026

 LA  ARRIESGADA TAREA DE TOCAR A NUBLO


    El deterioro climático ocasionado por la Peqeña Edad del Hielo (desde finales del siglo XVI hasta el siglo XIX), caracterizado por un aumento de situaciones metereológicas adversas como sequías, inundaciones y tormentas, tuvo nefastas consecuencias económicas en el ámbito rural y generó una sensación de inseguridad frente a los fenómenos metereólogicos. Para frenar esta incertidumbre, las comunidades recurrieron tanto a la ayuda divina como a métodos de carácter supersticioso. Las nuevas pautas religiosas surgidas tras el Concilio de Trento (1545-1563) fomentaron la religiosidad popular, buscando arraigar la fe en las comunidades urbanas y rurales. Un claro ejemplo de esto fue la creciente devoción hacia los santos asociados con la protección contra tormentas, rayos y otros fenómenos metereológicos adversos. En Aragón, destacaron especialmente como protectores Santa Bárbara y San Bartolomé. Además, el uso de las campanas para ahuyentar tormentas y granizadas se convirtió en una práctica generalizada en los países católicos, basada en la creencia de que el sonido sagrado alejaba al demonio responsable de la tormenta.En el Ritual Romano de Pablo V de 1614, se prescribía que, cuando se produjera una tempestad, se tocasem las campanas para que el pueblo se reuniera en el templo y rezara para alejar el peligro.Las constituciones sinodales del arzobispado de Zaragoza de 1756 establecioeron de forma explícita que los curas debían "esconjurar los nublados".

    Los campanarios, gracias a su ubicación estratégica, se utilizaban para vigilar la llegada de tormentas. Ante la inminencia de una tempestad, las campanas emitían un sonido característico como el "toque a nublo", mientras el sacerdote realizaba un conjuro desde un lugar llamado esconjuradero. Estas cámaras, abiertas hacia los cuatro puntos cardinales, permitían dirigir las plegarias hacia la dirección más adecuada. El ritual combinaba elementos de la liturgia cristiana con prácticas mágicas y tradiciones populares, mostrando la fusión entre la sagrado y lo ancestral en la cultura local. La calle del Esconjurador de Calanda, y la Torre de los Nublos de La Iglesuela del Cid nos recuerdan esta práctica.

    Los campaneros

    Los sacerdotes tenían el privilegio de tocar las campanas; con el tiempo, se incorporaron clérigos de menor rango y, finalmente, seglares. Se trataba de un oficio poco valorado, según la opinión de Bartolomé Casas, quien en 1729 escribió: "...válese la Iglesia de ellas, por no haber hallado más acomodados instrumentos para llamar al pueblo a lo sagrado...". Sin embargo, esta apreciación resultaba injusta, pues, dependiendo del lugar, la tarea requería una gran dedicación.

    La vida de los campaneros variaba considerablemente entre los entornos urbanos y rurales. En las catedrales, estos pasaban toda su vida en una pequeña estancia situada en lo alto del campanario, junto a su familis y sus animales domésticos. Su oficio se transmitía de padres a hijos o, en algunos casos, al yerno. Debían mantenerse atentos a los horarios, conocer la cadencia de los distintos toques, coordinarse con otras iglesias y, además, asumir el riesgo de hacer sonar las campanas para ahuyentar tormentas.

    En los entornos rurales, el cura o un beneficiado y más tarde, el sacristán, compaginaban sus tereas habituales con las del campanero. Tocaban las oraciones tres veces al día, los repiques de vísperas de domingos y festivos, así como los toques de difuntos, además de otros toques extraordinarios. Para alejar las tormentas, se tocada a nublo, a veces como medida preventiva ante su proximidad. En los algunos lugares, las campanas sonaban diariamente al mediodía desde el 3 de mayo, festividad de la Santa Cruz de Mayo, hasta el 14 de septiembre, como ocurría en Ateca y Cariñena. En Alcorisa, el ayuntamiento pagaba a un eclesiástico para que permaneciera en el Calvario día y noche durante ese mismo período, con la obligación de "conjurar las tronadas" y y celebrar cincuenta misas para la "conservación de los frutos". En La Codoñera, en 1526, se menciona la figura del clérigo esconjurador, representada por el cura beneficiado de las Almas del Purgatorio, quien debía participar en las conjuraciones "al tiempo de los nublos". A mediados del siglo XIX, el Ayuntamiento incluia una partida presupuestaria al pago del esconjurador.

    Campanas que mueven el aire

    El tañido de las campanas se creía capaz de generar vibraciones  en el aire, suficientes para romper las nubes o desplazarlas hacia otro lugar. Sin embargo, esta práctica no estuvo exenta de críticas. El 1529, fray Martín de Castañega, en su obra Tratado de las supersticiones y hechicerías y varios conjuros  y abusiones  y de la posibilidad y remedio de ellas, señaló: "Los conjuradores y conjuros de las nubes y tempestades son tan comunes en el reino que, por raro que sea, en casi todos los pueblos de labradores se les asigna un salario y se les instala una garita en el campanario, o en algún lugar público y elevado, para que estén más cerca de las nubes y demonios.. Este error es tan descarado que incluso se compromoten a garantizar que la cosecha estará a salvo del granizo ese año. Llegan al punto de competir y apostar con otros conjuradores de localidades vecinas—que muchas veces son los propios curas— y, durante los conjuros, se vanagliorian de que manipulan la nube como si fuera una pelota, jugando a ver quien logra desviarla hacia los terrenos de otro".

    El matemático y teólogo Pedro Sánchez Ciruelo, conocido como el "maestro Ciruelo", nacido en Daroca, preceptor de Felipe II y profesor de la Universidad de Alcalá. Defendía que las tormentas tenían causas naturales  y que, aunque Dios las permitía  como castigo por los pecados de algún pueblo, esto ocurría muy rara vez. Para combatirlas era necesario recurrir tanto a métodos naturales (toque de las campanas mayores o el disparo de artillería contra la "mala nube") y a rituales litúrgicos. Estos métodos buscaban desplazar y calentar un poco el aire, ayudando a disolver las nubes. Dos siglos más tarde, Benito Jerónimo Feijóo, en su obra Teatro Crítico Universal, calificó estas creencias como supersticiones. Argumentó que las campanas carecían de la fuerza y el alcance necesarios para influir en los fenómenos metereológicos.

    El riesgo de una profesión

    La provincia de Teruel es una de las regiones de España que registra mayor cantidad de descargas eléctricas, un fenómeno ligado a su particlar orografía. Durante los días de tormenta, el número de caídas de rayos muestra una frecuencia de 27,7 en Alcañiz, 27,1 en Valderrobres y 30,3 en Monroyo. Estas localidades reciben aproximadamente 387, 391 y 620 rayos al año. Los rayos son descargas eléctricas que buscan el camino de menor resistencia hacia el suelo, por lo que suelen impactar en los puntos más altos y cercanos a las nubes. Las torres de las iglesias, debido a su altura y a los materiales empleados en su construcción (piedra y ladrillo), combinados con elementos metálicos en sus cimas (agujas, veletas, estatuas, cruces y campanas), conductores de la electricidad las hacen vulnerables a los impactos. La mayoría de los campanarios del Bajo Aragón han resultado dañados por chispas electrícas a lo largo de la historia.: Valdealgorfa (1686), Calaceite (1781), Belmonte (1857), La Codoñera (1878), Alcañiz (1898), Calanda (1913), entre otros.

    Cuando un rayo impactaba en un campanario, se solía interpretar como una señal de la ira divina o una advertencia celestial. En ocasiones, la chispa de un rayo fulminaba o causaba heridas al campanero. El cuerpo humano, al estar compuesto de agua y sales, es un buen conductor de electricidad, lo que facilita el paso de la corriente a la persona que se encuentra en el trayecto de la descarga. El peligro crecía si la persona agarraba la cuerda mojada de la campana. Uno de los sucesos más impactantes ocurrió el 7 de abril de 1850, cuando un rayo golpeó el chapitel de la Seo de Zaragoza. La descarga descendió hasta el segundo piso, de las campanas salió por uno de los vanos y volvió a entrar por una ventana, calcinando los cristales a su paso. En su trayectoria, chamuscó la cabeza del hijo del campanero quemando sus ropas y asfisió a al padre. Poco después el chapitel se derrumbó.

    Los casos de muertes de campaneros solían publicarse en la prensa. En 1825, un rayo fulminó al campanero de la Iglesia del Pino, en Barcelona. Otro caso ocurrió en 1858 en la Iglesia de Sant Feliu de Guixols. En 1912, en Mallol (Olot), la esposa del campanero falleció mientras lo reemplazaba en el toque de campanas durante una tormenta. Otros trágicos episodios incluyen la muerte de un campanero en la Iglesia del Carmen de Valencia, y, en 1916, la de un joven de 17 años en el pueblo de Blecua.. Este último había subido al campanario para anunciar, mediante el toque de campanas, la proximidad de una tormenta. En 1786, el parlamento francés emitió un edicto que prohibía la práctica de tañer campanas durante tormentas, tras documentarse la muerte de 103 campaneros en los 33 años previos, debido a descargas de rayos transmitidas a través de cuerdas mojadas.

    Las muertes de campaneros generaron críticas desde el ámbito científico, que rechazaba la idea de que el sonido de las campanas alejara tormentas y granizadas. La prensa también condenaba esta costumbre, especialmente tras reportar casos de campaneros fulminados por un rayo. Así, el Diario de Aragón del 28 de junio de 1853 exortaba a evitar, a toda costa, el toque de campanas durante las tormentas y recordaba que el propósito original de de tañer las campanas era alentar a la gente del campo sobre la proximidad de una tormenta para que pudieran ponerse a resguardo, no para ahuyentarla, como ingenuamente se creía. El 14 de junio de 1897, el Diario de Avisos de Zaragoza informó que un rayo había dañado el campanario de Fonz y que el campamero se había salvado milagrosamente. El artículo rechazaba la arraigada tradición, aun vigente en muchos pueblos, de que el campanero tocara las campanas durante la tormenta. A Finales del siglo XIX, aumentaron las presiones de los alcaldes por controlar los nombramientos de campaneros y las llaves del campanario. La Iglesia perdió varios litigios frente a los alcaldes que prohibían el uso de las campanas durante las tormentas, como en el caso de la sentencia del Tribunal Supremo del 6 de marzo de 1905, que dictó: "En caso de tempestad, no deben tocarse las campanas".

    Decadencia del toque a nublo

    En 1752, Benjamín Franklin desarrolló la teoría del pararrayos y fue el primero en proponer su uso práctico para proteger edificios. En España el primer pararrayos se instaló en Segovia en 1784, gracias a la iniciativa de la Academia de Artillería. El 3 de octubre de 1887, un Real Decreto dispuso la instalación de pararrayos en todos los monumentos artísticos e históricos. En Alcañiz, la instalación del primer pararrayos tuvo lugar el 15 de junio de 1884, en la Iglesia de Santa María la Mayor. A lo largo de los años, se instalaron más dispositivos en localidades como La Codoñera (1894), Loscos (1900) Valdealgorfa (1901) y nuevamente Alcañiz, entre otras.

    En 1910, el jesuita Juan Ferreres, en su tratado sobre las campanas, rechazaba la utilidad de esta práctica, que reconocía que había disminuido, pero atribuía su declive a consideraciones ideológicas: "Nótese que los rayos no caen ahora sobre los campanarios y campaneros con más frucuencia que hace ocho o diez siglos. Sin embargo, hasta que los enciclpedistas, por su animosidad hacia la Iglesia, comenzaron a criticar el toque de las campanas durante las tormentas, exagerando el peligro, nadie se habia dado cuenta de que tal peligro fuera algo notable" En su opinión, la instalación de un pararrayos evitaría el peligro el riesgo del campanero durante la tormenta.

    Según la tesis de Llop Bayo, los toques de de las campanas se emplaaron hasta los años 60 en el sur y norte de Aragón, "Su abandono no ha sido nunca justificado por prohibiciones eclesiásticas o civiles, ni tampoco por falta de fe en sus resultados, al menos entre los aragoneses, sino por la la disminución de la remuneración". A pesar de la instalación de pararrayos sobre los campanarios sigue ocurriendo en pleno siglo XXI, costosas reparaciones.


    Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº139


martes, 12 de mayo de 2026

LOS MOLINOS HARINEROS DEL RÍO MEZQUÍN

 


    Las primeras referencias al uso de aguas del río Mezquín se remontan a la carta de población de Alcañiz de 1157, cuando Ramón Berenguer cedió el dominio de las aguas del río Guadalope a quienes poblaran Alcañiz. La villa de Monroyo disfrutó de un privilegio otorgado el 27 de julio de 1301 sobre las aguas y fábricas que hubiere y sobre aquellas que se construyeran en el río Mezquín. El 22 de marzo de 1337, Alcañiz compró las aguas del río Mezquín y del Guadalope, los azudes y la acequias Nueva y Vieja, que pasaran por el diezmario de Castelserás. Las aguas del río tradicionalmente se han utilizado para el riego de las huertas y para mover las ruedas de los molinos harineros construidos entre los siglos XVI y XVIII.

    Molí del Regall d´Alcañiz o de d´Alt. Situado a la salida de Belmonte, fue construido por Mariano Martín, posiblemente en 1844, según la inscripción que reza en la fachada. Durante muchos años, conservó una señal a 3 metros de altura que recordaba la riada de 1901.

    Molí de la Dotorica o Molí de Dalt o de la Mari Paz. Esta situado en la margen derecha del río y recogía el agua del azud de debajo de la Torreta dels Candidos.

    Molí del Mig.Fue construido por la familia Grau, en alto, sobre la margen derecha del río. Disponía de una gran balsa alimentada por "aigüeres" que recogían el agua de las vertientes superiores. Un "saltadó" permitia que el agua al caer, moviera los rodetes del molino. Se conservan los agujeros abiertos en la roca en los que se hincaban troncos de madera y entre los cuales se disponían otros perpendiculares que cerraban el cauce. Este azud enlaza con una acequia que corre por el lado derecho del río. Sus filtraciones dan lugar a la Font de la Gaitera.

    Molí del Pelegrí. El hueco de una puerta y unas paredes son los únicos vestigios que quedan de este molino. Antiguamente tuvo dos balsas: una para retener los sedimentos arrastrados por la corriente y otra empleada para riego. Del molino deriva una acequia que va por la derecha del río hacia el Molí del Calvo. El barranco es muy estrecho y está cubierto por una espesa vegetación que da nombre a esta partida, denominada Los Oscuros. En el año 1865, Pardo Sastrón propuso al ingeniero Rafael Lafiguera la construcción de un embalse en este punto, cediéndole los planos por el precio que le costaron.

    Molí del Calvo, del Sinyó Juan Pío, Molí de Baix, Molino de Abajo o Molinet de Bellmunt. Se halla en la margen derecha del río, frente al vado del refugio de Torrevelilla. Actualmente solo se conserva una pared de la gran balsa alimentada por la acequia del Pelegrí. En 1773, La Codoñera se querelló contra Belmonte cuando este quiso construir un azud y una acequia en su término, a lo que La Codoñera se opuso argumentando que el remanso del agua afectaría al rodete del molino harinero de Juan Boned, situado aguas arriba. Hacia 1780, fue comprado por José Membrado, quien lo amplió. El nombre del Molino del Calvo hacer referencia de Alejandro Calvo, que lo usufructuó como cuñado de Alfonso Membrado Ejerique, quien lo heredó.

    Molino Siscar. Se halla en la Val del Moreral antes de su confluencia con el Barranc Fondo. La existencia de un primer molino se remonta al año 1571. En 1725, Jorge Siscar pactó con Joseph Satres, albañil de Belmonte, para que construyera un nuevo molino harinero junto al que ya tenía, con una balsa encima del viejo. Su balsa recibía las aguas de dos acequias: la del Barranc Fondo, que nace en el azud del salto de la Rabosa, y la de la Val del Moreral-Torretas. El molino funcionó hasta mediados de la década de 1940.

    Molinet de La Codoñera. La antigüedad de este molino harinero es anterior a 1505 y pertenecía a los propios de Alcañiz. Este era, junto con el de Castelserás, uno de los molinos a los que los vecinos estaban obligados a acudir para moler sus granos, pagando una tasa de un cuartal por cahíz (equivalente a 1/24 del total molido). El molino era impulsado por el agua de una acequia que comenzaba en el camino de Les Cases. En 1840, el general Espartero ordenó quemar el molino para evitar que fuera utilizado por los carlistas. Posteriormente, en junio de 1856 fue desamortizado, subastado y adjudicado por 31.4000 reales. Permaneció en funcionamiento hasta 1920.


     Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 137

lunes, 16 de marzo de 2026

PEONES CAMINEROS Y CASILLAS DE PEONES DURANTE LA GUERRA CIVIL

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    Durante la Guerra Civil, ambos bandos militarizaron a los empleados de Obras Públicas mediante bandos y decretos. El transporte de tropas y material de guerra exigía un mantenimiento constante de carreteras, que se deteriaoraban rápidamente debido al intenso tráfico. Por este motivo, las casillas, además de ser viviendas de mantenimiento de la carretera, se convirtieron en infrasestructuras militares de carácter estratégico.

    Los controles de vehículos y personas muchas veces tenían lugar en las casillas. La situada en las Ventas de Valdealgorfa se convirtió en un punto de control a cargo de las milicias anarquistas. Allí se exigían salvoconductos sellados por el Comité Antifascista de Alcañiz, y quienes carecían de ellos eran retenidos temporalmente en la propia casilla, que funcionaba como calabozo. Sus fachadas encaladas, marcadas con grandes siglas (CNT, FAI, UHP), delimitaban visualmente el territorio ideológico para quienes circulaban por la carretera.

    La casilla más cercana a Alcañiz, al inicio de la subida hacia Valdealgorfa, desempeñó un papel humanitario durante el bombardeo de la ciudad el 3 de marzo de 1938, socorriendo a quienes huían aterrados de Alcañiz. Tras la ruptura del frente por las tropas franquistas, el 9 de marzo de 1938, el ejército republicano se desmoronó. Miles de soldados y civiles intentaron huir hacia la costa por las carreteras de Gandesa y Tortosa. Sin embargo, los camiones viejos y sobrecargados, se atascaban con frecuencia en las cuestas entre Alcañiz y Santa Bárbara de Valdealgorfa, convirtiendo la carretera en una auténtica ratonera. En las cunetas próximas quedaron abandonados perchechos, maletas y vehículos averiados durante la desesperada huida ante la inminente llegada de tropas franquistas a Alcañiz. Igualmente, el intenso de transportes militares era motivo del continuo desgaste del firme de la carretera, tarea en en la que el trabajo de los peones camineros resultó imprescindible. Las casillas de Las Horcas y al pie de Santa Bárbara de Valdealgorfa sirvieron temporalmente como puestos de mando avanzados de la división republicana de Líster. En la primera de ellas, el general Rojo se entrevistó con Lister la noche del 13 al 14 de marzo de 1938, y desde allí oyeron el repique de campanas de Alcañiz con el que las tropas italianas anunciaban la toma de la ciudad.

    Los oficiales italianos también utilizaron varias casillas como puestos de mando. Al contar con chimenea y muros, resultaban más adecuadas que las tiendas de campaña. Así, la del kilómetro 121,4 de la carretera de Morella, situada después del cruce de Torrecilla, fue el puesto de mando de la brigada italiana de Flechas Negras a finales de marzo, durante su avance hacia el Matarraña.

    Por ser construcciones sólidas, con muros de manpostería y cubierta de teja, aisladas y estratégicamente situadas, las casillas fueron puntos de resistencia. Las casillas de Las Horcas y Santa Bárbara fueron escenario de intensos combates entre las tropas italianas y la división de Lister. Muchas quedaron tan dañadas que nunca llegaron a ser reconstruidas. Debido a su aislamiento, las casillas y otras obras de fábrica se utilizaron para ocultar munición. Años después del conflicto, era frecuente encontrar restos del material bélico en los patios traseros de estas edificaciones.

    Tras el final de la guerra en 1939, los peones camineros fueron sometidos a expedientes de depueración por el nuevo régimen franquista. Si un caminero había continuado ejerciendo su labor durante la guerra en el bando republicano, a menudo era sancionado, trasladado forzosamente a otra provincia o expulsado del cuerpo, perdiendo con ello su vivienda. Muchos peones camineros no pudieron regresar a sus destinos y otros no quisieron hacerlo debido a la inseguridad generada tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la aparición de la guerrilla del maquis. El asesinato del peón caminero de la casilla de la Val de Luna en 1947, a manos de la guerrilla, junto con las duras medidas adoptadas por el general Pizarro para acabar con ella (entre ellas, la obligación de abandonar las casillas durante la noche), supusieron un golpe del que el sistema ya no se recuperaría. El proceso de declive se prolongó lentamente hasta la década de 1960, cuando se reorganizaron los equipos de consevación y se reconstruyeron los Parques de Maquinaria de la Zona.



               Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 135