martes, 12 de mayo de 2026

LOS MOLINOS HARINEROS DEL RÍO MEZQUÍN

 


    Las primeras referencias al uso de aguas del río Mezquín se remontan a la carta de población de Alcañiz de 1157, cuando Ramón Berenguer cedió el dominio de las aguas del río Guadalope a quienes poblaran Alcañiz. La villa de Monroyo disfrutó de un privilegio otorgado el 27 de julio de 1301 sobre las aguas y fábricas que hubiere y sobre aquellas que se construyeran en el río Mezquín. El 22 de marzo de 1337, Alcañiz compró las aguas del río Mezquín y del Guadalope, los azudes y la acequias Nueva y Vieja, que pasaran por el diezmario de Castelserás. Las aguas del río tradicionalmente se han utilizado para el riego de las huertas y para mover las ruedas de los molinos harineros construidos entre los siglos XVI y XVIII.

    Molí del Regall d´Alcañiz o de d´Alt. Situado a la salida de Belmonte, fue construido por Mariano Martín, posiblemente en 1844, según la inscripción que reza en la fachada. Durante muchos años, conservó una señal a 3 metros de altura que recordaba la riada de 1901.

    Molí de la Dotorica o Molí de Dalt o de la Mari Paz. Esta situado en la margen derecha del río y recogía el agua del azud de debajo de la Torreta dels Candidos.

    Molí del Mig.Fue construido por la familia Grau, en alto, sobre la margen derecha del río. Disponía de una gran balsa alimentada por "aigüeres" que recogían el agua de las vertientes superiores. Un "saltadó" permitia que el agua al caer, moviera los rodetes del molino. Se conservan los agujeros abiertos en la roca en los que se hincaban troncos de madera y entre los cuales se disponían otros perpendiculares que cerraban el cauce. Este azud enlaza con una acequia que corre por el lado derecho del río. Sus filtraciones dan lugar a la Font de la Gaitera.

    Molí del Pelegrí. El hueco de una puerta y unas paredes son los únicos vestigios que quedan de este molino. Antiguamente tuvo dos balsas: una para retener los sedimentos arrastrados por la corriente y otra empleada para riego. Del molino deriva una acequia que va por la derecha del río hacia el Molí del Calvo. El barranco es muy estrecho y está cubierto por una espesa vegetación que da nombre a esta partida, denominada Los Oscuros. En el año 1865, Pardo Sastrón propuso al ingeniero Rafael Lafiguera la construcción de un embalse en este punto, cediéndole los planos por el precio que le costaron.

    Molí del Calvo, del Sinyó Juan Pío, Molí de Baix, Molino de Abajo o Molinet de Bellmunt. Se halla en la margen derecha del río, frente al vado del refugio de Torrevelilla. Actualmente solo se conserva una pared de la gran balsa alimentada por la acequia del Pelegrí. En 1773, La Codoñera se querelló contra Belmonte cuando este quiso construir un azud y una acequia en su término, a lo que La Codoñera se opuso argumentando que el remanso del agua afectaría al rodete del molino harinero de Juan Boned, situado aguas arriba. Hacia 1780, fue comprado por José Membrado, quien lo amplió. El nombre del Molino del Calvo hacer referencia de Alejandro Calvo, que lo usufructuó como cuñado de Alfonso Membrado Ejerique, quien lo heredó.

    Molino Siscar. Se halla en la Val del Moreral antes de su confluencia con el Barranc Fondo. La existencia de un primer molino se remonta al año 1571. En 1725, Jorge Siscar pactó con Joseph Satres, albañil de Belmonte, para que construyera un nuevo molino harinero junto al que ya tenía, con una balsa encima del viejo. Su balsa recibía las aguas de dos acequias: la del Barranc Fondo, que nace en el azud del salto de la Rabosa, y la de la Val del Moreral-Torretas. El molino funcionó hasta mediados de la década de 1940.

    Molinet de La Codoñera. La antigüedad de este molino harinero es anterior a 1505 y pertenecía a los propios de Alcañiz. Este era, junto con el de Castelserás, uno de los molinos a los que los vecinos estaban obligados a acudir para moler sus granos, pagando una tasa de un cuartal por cahíz (equivalente a 1/24 del total molido). El molino era impulsado por el agua de una acequia que comenzaba en el camino de Les Cases. En 1840, el general Espartero ordenó quemar el molino para evitar que fuera utilizado por los carlistas. Posteriormente, en junio de 1856 fue desamortizado, subastado y adjudicado por 31.4000 reales. Permaneció en funcionamiento hasta 1920.


     Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 137

lunes, 16 de marzo de 2026

PEONES CAMINEROS Y CASILLAS DE PEONES DURANTE LA GUERRA CIVIL

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    Durante la Guerra Civil, ambos bandos militarizaron a los empleados de Obras Públicas mediante bandos y decretos. El transporte de tropas y material de guerra exigía un mantenimiento constante de carreteras, que se deteriaoraban rápidamente debido al intenso tráfico. Por este motivo, las casillas, además de ser viviendas de mantenimiento de la carretera, se convirtieron en infrasestructuras militares de carácter estratégico.

    Los controles de vehículos y personas muchas veces tenían lugar en las casillas. La situada en las Ventas de Valdealgorfa se convirtió en un punto de control a cargo de las milicias anarquistas. Allí se exigían salvoconductos sellados por el Comité Antifascista de Alcañiz, y quienes carecían de ellos eran retenidos temporalmente en la propia casilla, que funcionaba como calabozo. Sus fachadas encaladas, marcadas con grandes siglas (CNT, FAI, UHP), delimitaban visualmente el territorio ideológico para quienes circulaban por la carretera.

    La casilla más cercana a Alcañiz, al inicio de la subida hacia Valdealgorfa, desempeñó un papel humanitario durante el bombardeo de la ciudad el 3 de marzo de 1938, socorriendo a quienes huían aterrados de Alcañiz. Tras la ruptura del frente por las tropas franquistas, el 9 de marzo de 1938, el ejército republicano se desmoronó. Miles de soldados y civiles intentaron huir hacia la costa por las carreteras de Gandesa y Tortosa. Sin embargo, los camiones viejos y sobrecargados, se atascaban con frecuencia en las cuestas entre Alcañiz y Santa Bárbara de Valdealgorfa, convirtiendo la carretera en una auténtica ratonera. En las cunetas próximas quedaron abandonados perchechos, maletas y vehículos averiados durante la desesperada huida ante la inminente llegada de tropas franquistas a Alcañiz. Igualmente, el intenso de transportes militares era motivo del continuo desgaste del firme de la carretera, tarea en en la que el trabajo de los peones camineros resultó imprescindible. Las casillas de Las Horcas y al pie de Santa Bárbara de Valdealgorfa sirvieron temporalmente como puestos de mando avanzados de la división republicana de Líster. En la primera de ellas, el general Rojo se entrevistó con Lister la noche del 13 al 14 de marzo de 1938, y desde allí oyeron el repique de campanas de Alcañiz con el que las tropas italianas anunciaban la toma de la ciudad.

    Los oficiales italianos también utilizaron varias casillas como puestos de mando. Al contar con chimenea y muros, resultaban más adecuadas que las tiendas de campaña. Así, la del kilómetro 121,4 de la carretera de Morella, situada después del cruce de Torrecilla, fue el puesto de mando de la brigada italiana de Flechas Negras a finales de marzo, durante su avance hacia el Matarraña.

    Por ser construcciones sólidas, con muros de manpostería y cubierta de teja, aisladas y estratégicamente situadas, las casillas fueron puntos de resistencia. Las casillas de Las Horcas y Santa Bárbara fueron escenario de intensos combates entre las tropas italianas y la división de Lister. Muchas quedaron tan dañadas que nunca llegaron a ser reconstruidas. Debido a su aislamiento, las casillas y otras obras de fábrica se utilizaron para ocultar munición. Años después del conflicto, era frecuente encontrar restos del material bélico en los patios traseros de estas edificaciones.

    Tras el final de la guerra en 1939, los peones camineros fueron sometidos a expedientes de depueración por el nuevo régimen franquista. Si un caminero había continuado ejerciendo su labor durante la guerra en el bando republicano, a menudo era sancionado, trasladado forzosamente a otra provincia o expulsado del cuerpo, perdiendo con ello su vivienda. Muchos peones camineros no pudieron regresar a sus destinos y otros no quisieron hacerlo debido a la inseguridad generada tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la aparición de la guerrilla del maquis. El asesinato del peón caminero de la casilla de la Val de Luna en 1947, a manos de la guerrilla, junto con las duras medidas adoptadas por el general Pizarro para acabar con ella (entre ellas, la obligación de abandonar las casillas durante la noche), supusieron un golpe del que el sistema ya no se recuperaría. El proceso de declive se prolongó lentamente hasta la década de 1960, cuando se reorganizaron los equipos de consevación y se reconstruyeron los Parques de Maquinaria de la Zona.



               Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 135