miércoles, 23 de marzo de 2022

LOS PRESUNTOS FUSILAMIENTOS DE CABRERA EN LA CODOÑERA

 



    En 1845 los políticos liberales Cabello, Santa Cruz y Temprado publicaron la Historia de la guerra última en Aragón y Valencia y dieron a conocer al público la noticia objeto del presente artículo. A primeros de julio de 1835, los carlistas, al mando de Cabrera y Forcadell, atacaron el pueblo de Zorita, población que estaba defendida por 8 miembros de la milicia nacional y 25 soldados desplazados desde Valencia. Después de un corto tiroteo, los defensores pactaron la capitulación, la entrega de armas y el poder marchar libremente a sus casas. El relato de los hechos dice: "Cumpliose lo pactado con los de Valencia, más no con los de Zorita, de los cuales fueron fusilados cuatro el día 11 en La Codoñera. Dos de estos desgraciados, Francisco Daudén y Pelegrín Gil, eran ancianos que apenas podían andar, y los otros dos, hijos de don Rafael Fuster, de 16 y 18 años. A las súplicas que se le hicieron a favor de estos niños, contestó que su padre podría librarlos presentándose a ser fusilado. Al oír la madre una condición tan brutal, cayó desmayada y a su lado muerto como de un rayo, el tercer hijo que llevaba en sus pechos". En una de las láminas dedicadas a las atrocidades de Cabrera, se representó la dramática escena de los fusilamientos de La Codoñera, que en años posteriores sería copiada.

    Al año siguiente, Ayguals de Izco1, copió la noticia de Cabello en su obra El Tigre del Maestrazgo o sea De grumete a General, y aumentó el dramatismo del suceso,"...con todas sus fuerzas, se dejó caer de imprevisto sobre Zurita, que no contaba más defensores que 25 nacionales movilizados de Valencia y 8 del pueblo; pero fue tan heroica la defensa de estos bravos, que obligados a rendirse por la superioridad numérica del enemigo, solo accedieron a ello bajo una honrosa capitulación, por la cual, después después de entregadas las armas, se les garantizaba la libertad. Cumplióse esta condición a los movilizados de Valencia; pero los nacionales de Zurita fueron conducidos prisioneros a La Codoñera, en donde el 11 de julio fueron fusilados cuatro de ellos, a saber, Francisco Daudén y Pelegrín Gil, patriotas respetables por sus virtudes a la par que por su ancianidad, y dos hijos de don Rafael Fuster, jóvenes de 16 y 18 años de edad. Multitud de personas se interesaron a favor de estos desgraciados...todo fue inútil, y cuando ya Cabrera al frente de los suyos iba a dar la terrible voz de fuego contra sus víctimas, presentósele desolada semblante pálido... cadavérico...Lanzando copiosas lágrimas de sus azorados ojos, y alargando ambos brazos con un niño de pechos que enseñaba al empedermido verdugo para conmover su corazón. -Os cansáis en vano- exclamó el tigre.- sólo podría conceder la vida a esos rapaces, si se presentara a su padre a ser fusilado. Al oír la desventurada madre tan feroz exigencia, cayó en el suelo desmayada con tal rapidez, como si un rayo hubiese terminado su vida; y a la violencia del golpe, quedó muerto a sus pies su tercer hijo, mientras el plomo homicida destrozaba el cráneo de los prisioneros.

    El incumplimiento por parte de Cabrera de lo pactado en la capitulación de Zurita y los posteriores fusilamientos en La Codoñera de dos jóvenes bajo los ojos de su madre, fue calificado como digna de Calígula o de Nerón. Pasó la frontera y fue publicada en un artículo titulado Les Espagnes et les espagnols, de la revista francesa Reure Britannique en 1846. La Historia Pintoresca del reinado de Isabel II y de la guerra civil, editada en 1647 por Vicente Castelló, sin responder de la veracidad de la noticia, refirió la historia narrada en el libro de Cabello, Santa Cruz y Temprado. El historiador Antonio Pirala2 en su Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, publicada entre 1853 y 1856, reprodujo la versión de Cabello en su primera parte. Modesto Lafuente, en el tomo XX de Historia General de España, publicado en 1863, destacó la crueldad de la guerra con los defensores de Zurita, "Guarnecían dicho punto ocho nacionales de la localidad y treinta y cuatro movilizados de Valencia. Defendiéronse todos ellos briosamante interin conservaron probabilidades de ser socorridos, y obligados por la necesidad, resignáronse a capitular mediante la oferta de que tendrían sus vidas salvas.

    Escondidos que se hubieron, cumplió Cabrera lo estipulado dejando en libertad a los de Valencia, pero inmediatamente mandó fusilar a los hijos del pueblo. Entre ellos había dos ancianos de muy avanzada edad y dos mancebos de cortos años. Implorado el jefe carlista para que perdonase a los dos últimos, puso por condición de la solicitada gracia, que el padre de la predestinadas víctimas, el conocido patriota Fuster, se presentase resignado a sufrir la suerte que esperaba a sus hijos. La madre de estos, presente a la cruel escena, cayó desmayada al oír las comentadas palabras del vencedor, y un niño de pecho que lactaba en brazos de la acongojada mujer, expiró de resultas del veneno que mamó en aquellos aciagos momentos.

    En la primera quincena de julio efectuó Cabrera abundantísima razzia en las comarcas de Codoñera, Castelserás, Andorra y Cervellón, en cuyos pueblos hizo abundantísima recolección de víveres, armas, caballos y reclutas, y cargado de botín esquivó todo encuentro con las columnas que acudieron en socorro de los saqueados pueblos, cuidándose únicamente aquel de poner en salvo sus quintos y el convoy en que transportaba su próspero merodeo". En 1868 el arcipreste de Morella, José Segura Barreda, autor de Morella y sus aldeas, en su volumen IV, escribió que los carlistas asesinaron a cuatro liberales de Zurita, que habían tomado las armas, por resentimientos y venganzas particulares.

    La prensa liberal repitió hasta la saciedad lo ocurrido en La Codoñera. El periódico La Ibera, del 13 de octubre de 1860, publicó un artículo en el que comentaba la severidad de los cuadros históricos de los fusilamientos en la obra de Cabello, entre ellos el de La Codoñera. El Principado, en su edición del 19 de agosto de 1868, también recordó la lista de los fusilados por Cabrera, entre ellos, el de cuatro nacionales, dos de los cuales eran menores de 16 años. La noticia fue repetida por el periódico Salud y Fraternidad del 3 de diciembre de 1870. Medio siglo después, en 1912, el periódico madrileño El Motín, en su edición del 24 de octubre, copió una parte del texto de Cabello acompañándolo del gravado alusivo de los fusilamientos. Una década después, el periódico asturiano El Noroeste, del 8 de julio de 1925, en una entrevista concedida al escritor Pío Baroja con motivo de la publicación de su novela La Nave de los Locos, aludirá a la crueldad de Cabrera cuando fusiló en La Codoñera a dos niños.

    Represalias y amenazas

    A mediados de 1835, la guerra en Aragón se caracterizaba por la dureza que ambos bandos empleaban con sus enemigos y que muchas veces se hacían extensivas a sus familiares. El 28 de mayo, Cabrera publicó una proclama en la que denunciaba la crueldad de los bandos de los mandos liberales, el engaño de algunos indultos y las deportaciones de prisioneros a ultramar, "ya veis que han tenido los que se acogieron a varios indultos, que cuando más tranquilos vivían fueron presos los mozos y casados que habían figurado entre nosotros como oficiales en el Bajo Aragón y Maestrazgo, y con muy pocas excepciones los mozos fueron destinados a los cuerpos de La Habana y los demás a los presidios de Cádiz, Cartagena y Alicante". Cabrera prometió el indulto a los soldados y urbanos si entregaban las armas en el plazo de un mes.

    Buenaventura de Córdoba anotó que a primeros de junio de 1835, "En el Maestrazgo, Bajo Aragón y otros puntos se publicaron bandos severos para reprimir el movimiento carlista. La pena de muerte, los confinamientos, multas y otras medidas de terror adoptáronse como salvadoras y supremas, ya por creerse que los indultos no bastaban a reconquistar la paz, ya porque el rigor se considerase como un medio de gobierno o de represión para someter a los disidentes". También Pirala denunció la crueldad con que a veces actuaban los liberales," Ea muy común en la guerra a la crueldad cuando se sufren reveses y no se tiene fe en repararlos por otro medio. Así se vio a los liberales querer reparar su falta de actividad y sus desaciertos y detener el creciente desarrollo, que merced a sus propias culpas, adquirieron los carlistas con medidas tan extraordinarias como ilegales; con providencias que se llamaban fuertes porque eran crueles; eficaces porque eran destructoras. Bandas de destierro, de confiscación, de muerte y exterminio aparecían en todas partes".

    Contradicciones sobre el paradero de Cabrea, ¿Püls o Zurita?

    A la versión oficial expuesta en las líneas anteriores, se añaden las dudas planteadas acerca de la autoría de los hechos que son puestos en discusión a partir de otros testimonios. La ocupación de Zurita por los carlistas no se menciona en el libro de Dámaso Calvo y Rochina, Historia de Cabrera publicado en 1845. Buenaventura de Córdoba tampoco habló de La Codoñera. La Gaceta de Madrid no habla de Cabrera entre el 10 y el 15 de julio.

    Para los autores de la Historia del Tradicionalismo Español, en la obra de Buenaventura de Córdoba, hay una gran confusión sobre este período de la vida de Cabrera. Consideran que la toma de Zurita no pudo ocurrir el 10 de julio, sino que tuvo lugar el 12 de agosto, por lo que los fusilamientos habrían ocurrido antes de entrar en Zurita. Además, el día 12 de julio, Cabrera no se encontraba en Zurita y no pudo dictar la orden.

    Según Córdoba, el día 8 de julio Cabrera efectuó una correría hacia la huerta de Tortosa y pueblos de la comarca, dirigiéndose a Paüls, cercanías de Cherta, Aldover y arrabales de aquella plaza. Cabello, por el contrario, opina que Cabrera estaba con Forcadell y otro cabecillas cuando cayeron sobre Zurita y que los 4 urbanos fueron fusilados en La Codoñera el día 11. Después marcharon al río Mijares y por Albentosa siguieron a La Yesa donde se encontraban el día 16. En otros periódicos, se cuenta que Cabrera y Torner estaban en Arnes el día 14.

    El día 10, Quilez se había dirigido por Ariño hacia los Puertos y tuvo un pequeño choque con la columna del comandante Martín de la Muela de la Tosca entre Ráfales y Fuentespalda, allí perdió 5 hombres. La misma noche, entró en Torre del Compte con 40 facciosos, exigió 100 raciones y se fue por el camino de Valderrobres.

    Quien pasó por La Codoñera fue Quílez. El día 10 de julio, subió con una facción a los Puertos después de tener un pequeño choque con la columna de Martín de la Muela de la Tosca. La tarde del 13, con una fuerza de 400  y 50 caballos, bajó de los Puertos y por Ráfales, La Codoñera y Castelserás marchó hacia Andorra donde llegó el día 14, perseguido por el comandante Martín. Otro cabecilla carlista, Torner, el día 10 de julio estaba en Calaceite y al día siguiente en Beceite.

    El 6 de agosto, Quílez atacó Albocácer y la abandonó a los dos días al aproximarse la columna de Nogueras. Participó con el Serrador en los ataques a los puestos fortificados de Albocacer, Benasal, Focall, Ortells, Zurita, Villores, Palanques, Beceite y Valderrobres. La presencia de Quílez en La Codoñera fue denunciada por el alcalde Antonio Royo que remitió un oficio sobre la entrada de los carlistas en el pueblo, "El día once del corriente se presentó en esta villa el cabecilla Quílez mandó publicar un bando bajo pena de vida que todos los vecinos de este pueblo que se hallaban indultados todos los mozos y viudos sin hijos se presentaron a su división y no queriendo obedecer al primero y segundo aviso salió por el pueblo una patrulla de facciosos tomando el nombre de sus casas de los cuales sacaron a muchos atropellándoles a golpes y algunos de ellos atados amenazándoles que en su defecto se llevarían las mujeres. Por lo que faltan de este pueblo las personas anotadas al margen (24 nombres) de los cuales se ignora vayan reunidos todos a la facción, unas se han vuelto a sus casa y y otras se dice que están ocultas, lo que no se sabe con toda certeza, siendo esta la causa de la tardanza y morosidad de ponerlo en su noticia". Para evitar ser reclutados de nuevo por las fuerzas de Quílez, 24 jóvenes indultados se marcharon de La Codoñera. Como jefe de la División de Aragón de defensa del Rey, Quílez envió a los pueblos un escrito amenazador en el que "...prevengo a los justicias den a entender a los padres, esposas y parientes más cercanos que todos los dispersos y desertores que no se presenten en el término prefijado, se les exigirá por el armamento y demás pertrechos que se han llevado de esta división, 400 reales de vellón a cada uno". La Comandancia general del Bajo Aragón respondió remitiendo a La Codoñera y otros lugares, un oficio advirtiendo a los componentes del ayuntamiento, secretario y principales contribuyentes, con la imposición de multas de 25 duros cuando no comunicaran el camino seguido por la caballería de Quílez y les obligó a apostar hombres en los caminos y cabezos por los que pudiera pasar.

    Según el Diario de Barcelona del 13 de agosto, en ese día, Quílez y el Serrador atacaron Torrevelilla. De Alcañiz salieron los granaderos y cazadores del primer batallón de milicia urbana y 2 compañías del 14 de línea para socorrer la población y proteger el flanco del comandante general del Bajo Aragón que se movía desde Calanda contra la facción. Los carlistas abandonaron Calanda donde dejaron los víveres almacenados y no pudieron conseguir que los mozos y viudos se fuesen con ellos, ni amenazándolos con pena de muerte. Los carlistas abandonaron Codoñera y marcharon hacia Fórnoles perseguidos por la columna del Comandante General. El 21 de septiembre, la facción de Quílez, que estaba en Castelserás, salió a las seis y media hacia La Codoñera y fusiló a dos milicianos urbanos de Escatrón.

   Los urbanos

    La milicia urbana fue creada por ley del 23 de marzo de 1835, según lo previsto en el Estatuto Real de 1834. Era una institución civil dependiente del gobernador civil y de las autoridades de cada lugar excepto cuando coincidía con unidades militares. En el articulo 3º, se daban las condiciones legales para el alistamiento de sus miembros: ser español o naturalizado legalmente con un año de vecindad en el pueblo, no tener impedimento físico o moral permanente, tener de 18 a 50 años cumplidos y pagar la cuota de la contribución directa. Sorprende por ello la afirmación de Cabello sobre dos de los fusilados, cuando escribe que: "Dos de estos desgraciados, Francisco Daudén y Pelegrín Gil, eran ancianos que apenas podían andar". En el anexo dice que tenían más de 65 años, una edad muy superior a la permitida. Con los dos niños, también se producen anomalías. Rafael Fuster figura con 18 años en texto y se aumenta a 21 en el apéndice del primer volumen, José Fuster con 16 años.

    El historiador José María Llasat3, descendiente de una hermana de Cabrera, se distancia de la imagen de crueldad asignada al jefe carlista. Para este autor, las versiones de Cabello y Ayguals resultan difíciles de creer y obedecen a una campaña a una campaña de desprestigio del jefe carlista.

    Causas

    Antes de la toma de Zurita los carlistas habían respetado a las guarniciones que habían apresado. La vida del capitán de urbanos de Cuevas de Vinromá, Bautista Vidal, fue respetada y luego fue canjeado. Una vez liberado, rompió su promesa de no volver a luchar y armó una partida de francos que no daba cuartel a los prisioneros. Esta deslealtad, para el boletín tradicionalista, fue el origen de los pretendidos fusilamientos de los 4 prisioneros de Zurita.

     Un posible precedente

    El 5 de julio, Quílez cayó sobre el pueblo de Azuara, defendida por milicianos nacionales. Desechada la propuesta de capitulación, mandó atacar el edificio. Ante la negativa de capitular, los carlistas quemaron las puertas. Los urbanos se retiraron a la torre del campanario desde continuaron la defensa. Los carlistas, enfurecidos , obligaron a la esposa y a dos tiernos niños de D. Agustín Ansón, uno de los urbanos encerrados en la iglesia, a situarse en el punto donde aquellos asestaban tiros. La afligida madre permaneció expuesta al mortífero fuego de los sitiados, teniendo uno de sus hijos ( de edad de cuatro años) de la mano, y en brazos al más pequeño (de dos y medio), que fue atravesado de un balazo, dirigido tal vez por su propio padre (Eco del Comercio del 17 de julio)

    Los datos aportados no permiten afirmar con certeza la realidad de los fusilamientos de La Codoñera. El tiempo transcurrido hasta que se publicaron los hechos añade más dudas a lo ocurrido. En la descripción de Cabello, quizás se sumaron diversos hechos ocurridos por las mismas fechas que pudieron implicar a diferentes autores. Todo ello contribuiría al desprestigio de Cabrera al término de la primera guerra, lo que reduciría el impacto de las crueldades que practicaron los liberales, el fusilamiento de la madre de Cabrera sería su mejor exponente.

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1. AYGUALS, siendo comandante de la Milicia Nacional de Vinaroz defendió la ciudad frente a los ataques de Cabrera, el cual había fusilado a su hermano. Posteriormente fue diputado en Cortes en varias ocasiones y alcalde de la ciudad, además de un prolífico autor literario

2. A.PIRALA en p. 308 del volumen II de, Historia de la guerra civil de los partidos liberal y carlista

3. M.LLASAT en, Ramón Cabrera y el inicio de la espiral en la 1ª Guerra Carlista en el Maestrazgo, Bajo Aragón y Tierras del Ebro, según los historiadores liberales


Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 87

   







viernes, 18 de febrero de 2022

EL CONVENTO DEL CARMEN DE CALANDA ¿UN FOCO CARLISTA?

 



    Calanda, al inicio de la primera guerra carlista, contaba con muchos simpatizantes a la causa: el clero absolutista, los antiguos realistas ahora descontentos al haber sido marginados y buena parte del campesinado. El 9 de diciembre de 1833, al poco de iniciarse la guerra, en Calanda se produjo el primer enfrentamiento armado entre el barón de Hervés y las fuerzas liberales.

La desconfianza hacia el clero

A medida que la guerra se prolongaba, entre los mandos militares liberales, creció la desconfianza hacia el clero, al que consideraban afín al carlismo. Los curas de las parroquias, con frecuencia, eran un foco de propaganda contra el gobierno y en algunos casos mandaban partidas carlistas, caso del famoso cura Merino que atentaría contra la propia reina Isabel II.

   Durante el verano de 1834, estallaron diversos tumultos antirreligiosos en todo el país. Los más notables ocurrieron en Madrid cuando la epidemia de cólera alcanzó la ciudad. Los sermones, que atribuían un castigo divino a la epidemia que diezmaba la ciudad, su identificación con la causa carlista y el rumor de que habían envenenado las fuentes para causar la epidemia fueron motivo de creciente animadversión popular contra  la pasividad del Gobierno y de la milicia urbana. La epidemia llegó a Calanda el 2 de septiembre y en los tres meses que duró, fallecieron 181 habitantes. El párroco, mosén Mariano Monreal, fue desterrado a Oliete por sus encendidos sermones contra la política liberal del Gobierno. El 9 de junio de 1936, estaba confinado en Calatorao por desafecto, aunque seguía cobrando sus rentas. El nuevo párroco, Antonio Abarca, pese a ser uno de los pocos adictos al gobierno, fue separado de su parroquia a primeros de 1841 así como el de Foz Calanda. El excapuchino Joaquín Millán fue preso y acusado el 6 de noviembre de 1836 de "seductor de los soldados de la guarnición para que se pasen a las filas de la rebelión". En 1840 se encontraba en el correccional de Zaragoza.

   El 14 de octubre de 1834, el coronel Juan J. Aguavera1 remitió desde Alcañiz una carta al ministro de la Guerra para exponerle la situación en que se hallaba la rebelión carlista en el partido de Alcañiz. En la misma proponía que se expurgara a los sacerdotes de las catedrales y se dejara sólo a los individuos que a ciencia cierta, merecieran la confianza de las autoridades locales. Esta medida debía extenderse a los párrocos si no gozaban públicamente del concepto de adhesión a la Reina Isabel II, que deberían separados de las parroquias por sus obispos.

 El Convento del Desierto de Calanda

   El convento de carmelitas descalzos de la Torre de Alginés de Calanda se sitúa en un lugar aislado, a unas dos horas de Calanda y de Torrevelilla. En 1835 mantenía su actividad religiosa a cargo de 24 sacerdotes, 18 profesos, 2 escolanos y 6 legos, además de 2 cabrerizos, 5 payeses y un guarda de camino, que se encargaban de sus ganados y cuidaban sus 287 hectáreas de tierra de la Val Comuna.

   El 14 de marzo de este año, el comandante general2 del Bajo Aragón, Agustín Nogueras, remitió un oficio al capitán general en el que exponía el peligro que para la causa liberal representaba el Convento. La denuncia se basaba en una carta que le había remitido el jefe de la milicia nacional de Calanda. Debido a la apartada situación del monasterio, los carmelitas aprovechaban para abastecerse de víveres y gozar de auxilios al contar con la complicidad del prior Fray Fernando Gil. El jefe de la milicia de Calanda mandó que acudiera el prior para responder de las graves acusaciones que se vertían sobre su persona: no dar parte de la presencia de carlistas y proporcionar auxilio a los facciosos. En el informe consta que el prior le contestó con arrogancia, "que no tenía obligación, pues nadie se lo había mandado y además no tenía 8 ó 10 criados para venir a dar parte, y que con respecto a darles víveres, que era cierto se los había dado y que siempre que fueran se los daría por que a fuerza no podía resistirse y que esto mismo se lo diría a la Reina si fuera menester". Advertido de que el convento era fuerte y podía defenderse, se justificó con que no tomarían las armas para defenderse, que los facciosos no habían entrado en el convento y que la entrega de pan, vino y otros víveres sólo se habían dado una vez. En la carta, hizo hincapié la reina en los malos antecedentes del prior, opuesto a la Reina, por lo que se la había prohibido predicar en la Cuaresma. Otro fraile sospechoso era el padre fray Miguel de los Dolores, de quien se habían filtrado conversaciones críticas con el Gobierno. El informe terminaba diciendo que del convento "tienen muy mala opinión en todo el Bajo Aragón, al estar en despoblado proporcionan auxilios a las facciones y ocultan a sus cabecillas", y pedía la deportación del prior y de los demás frailes de mala opinión.

La política anticlerical del Gobierno

    La denuncia del jefe de la milicia se producía a los pocos días del motín anticlerical ocurrido el 3 de abril de 1835 en Zaragoza en el que seis frailes fueron muertos ante la pasividad de las fuerzas armadas. El seis de julio, estalló un nuevo motín anticlerical en Zaragoza, 11 frailes fueron asesinados con la complicidad de la milicia urbana que no intervino. Los tumultos alcanzaron una violencia inaudita en Barcelona, donde ardieron los conventos el 25 de julio, se asaltó la cárcel y se mató a los prisioneros carlistas. Ese día, el gobierno del conde de Torero aprobó la Real Orden de Exclaustración Eclesiástica que suprimía todos los conventos en los que no hubiera al menos doce religiosos. profesos.

   El 9 de septiembre, el comandante general de Aragón denunció en un bando "las falsas doctrinas de los malos eclesiásticos" por su influencia sobre las capas más bajas de la sociedad rural. En Calanda, el secretario del ayuntamiento, Manuel Maled, notificó a Don Agustín Nogueras, que 59 vecinos habían huido para unirse a los carlistas.

   El 11 de octubre, el nuevo gobierno presidido por Mendizábal decretó la supresión de todos los monasterios de órdenes monocanales y militares con la salvedad de aquellos que pertenecían a las órdenes hospitalarias. El 19 de febrero de 1836, se decretó la venta de todos los bienes de las comunidades religiosas extinguidas, convertidos ahora en propiedad de la nación. También se prohibió que los párrocos adictos al carlismo predicaran y confesaran a los fieles. El 8 de marzo, se amplió la supresión a todos los monasterios y congregaciones de varones (con algunas excepciones, como escolapios y Hospitalarios). Los religiosos se prepararon para abandonar sus conventos.

   A primeros de julio, el comandante de armas del fuerte de Alcorisa expulsó a las 34 monjas franciscanas que vivían en el convento de Ntra. Sra. de Monte Santo, situado a extramuros de Villarluengo, a las que destinó a Alcañiz y a Calanda y ordenó al alcalde de esta última que embargase sus bienes. El gobernador civil de Teruel se opuso y por medio del general jefe del ejército del Centro, Felipe Montes, remitió una carta al capitán general de Aragón, donde se exponía que la decisión general de Aragón, donde exponía que la decisión había sido tomada por motivos desconocidos, contraviniendo las Reales Órdenes, dado que su ejecución correspondía a las Juntas Diocesanas.

   El 25 de julio el general Manuel Soria, jefe de la 1ª división del ejército del Centro, ordenó que las religiosas de Villarluengo marcharan a Alcañiz. En su informe al general Felipe Montes, escribió que las noticias sobre el "mal espíritu de las monjas de Villarlungo" estimularon su interés por averiguar la verdad y ofrecer un juicio imparcial, pero que había llegado a la conclusión de lo perjudicial del convento en "un pueblo tan faccioso cuyo mal se atribuye a las religiosas y religiosos que lo dirigen".     A su llegada, mandó desalojar el convento de religiosas y entregó temporalmente su administración a los justicias. En el reconocimiento e inventario practicado por un capitán de su estado mayor, se descubrieron dos religiosos alojados junto al convento que alegaron ser confesores, y una carta del padre provincial de Madrid, que aunque desterró aún mantenía su autoridad sobre ellas en detrimento del arzobispo de Zaragoza con quien no tenían correspondencia. El general los expulsó a todos, recomendándoles que usaran vestidos de seglar en lugar de hábito si no querían pasar a otro convento y que los confesores marcharan a pueblos. Finalmente pedía que el capitán general aprobara las medidas tomadas.

El fin del convento

   El 29 de julio de 1837, se suprimieron los femeninos (salvo los de las Hermanas de la Caridad). En relación al antiguo convento capuchino de Calanda, el padre Ildefonso de Ciaurriz escribió que, "Cuando la expulsión de los religiosos la comunidad se componía de doce sacerdotes, un corista, cuatro legos y cuatro donados. Los religiosos no sufrieron daño alguno en esta ocasión por haber salido del convento antes que llegaran las tropas de Alcañiz..." A finales de agosto, estaban cerrados todos los conventos, los bienes más valiosos fueron llevados a otros que parecían ofrecer una mayor seguridad. Advertidos los carlistas de estos traslados, ese mismo verano, un grupo de 20 o 30 carlistas rompió las puertas del convento del Desierto y se llevaron varios del efectos guardados. Parecida situación se repitió en el convento de la Trapa, en Maella, donde se llevaron cuanto había en él, por estar  el "pueblo y país inundado de rebeldes". Los religiosos exclaustrados pasaron a los pueblos de las cercanías, de donde eran muchos de ellos, pero sobre todo a Calanda, donde se concentraron los capuchinos del lugar y los llegados de Alcañiz. Entre 1837 y 1838, el convento del Desierto fue pasto de llamas y el 4 de noviembre de 1843 fue puesto a la venta en pública subasta por la Junta de Enajenación de Bienes. El convento de Villarluengo, convertido en fortaleza, fue quemado el 3 de abril de 1840 por los soldados liberales del general Fulgioso y los paisanos, dirigidos por su alcalde, para que no pudiera ser usado más.

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1.A.H.N. Guerras Carlistas. Orden Público en Aragón y Navarra de los años 1834 a 1836

2. A.H.N. Guerras Carlistas. Diversas coecciones, 205, NII.

   Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 86

   


   


   

sábado, 30 de octubre de 2021

PRESENTACIÓN DEL CRIMEN DE LAS TORRETAS/LO CRIMEN DE LES TORRETES

 



    El pasado 15 de agosto, se presentó en el pabellón de La Codoñera dentro de los actos de las Jornadas Culturales: "El crimen de Las Torretas/Lo crimen de Les Torretes". El acto acabó con la actuación de música tradicional del grupo del Mezquín "Barranc Fondo".

    También tuvo lugar el mismo acto, en el pabellón de La Cerollera el 20 de agosto. En La Cañada de Verich se presentó en la Plaza. En Valderrobres el domingo 22, en Camins Serret. En Torrevelilla el día 28 y para finalizar en Belmonte el día 7 de septiembre en la sala de plenos de los dos municipios.

    En todas las presentaciones, hubo un gran interés y participación de los asistentes para saber un poco más de este macabro hecho, en el debate que se hizo al final del acto.

    La novela está enmarcada dentro del contexto histórico tan convulso del siglo XIX, es por tanto la memoria de los acontecimientos históricos que marcaron este siglo, de las guerras carlistas y sus repercusiones en el Bajo Aragón. Y es el recuerdo del modo de vida cotidiana en los pequeños pueblos y la recreación de los trabajos y preocupaciones de una familia de agricultores de La Cerollera. Pero sobre todo, es un canto a la fuerza de la vida, como la que late en los olivos centenarios del  mas de Royo, que acompañan en su destino a los protagonistas de la novela. Siendo la crónica de unos asesinatos atroces e inexplicables que siguen conmocionando al lector casi 150 años después. El fondo del asunto fue la hybris basada en la venganza y el odio. El sentido y argumento de la novela representa el triunfo de la VIDA sobre la MUERTE.

    En esta novela, se da pie a la obra de Miguel de Unamuno "Paz en la Guerra". Con su título se vislumbra que la obra pertenece al género negro. En el prólogo se dan los detalles y el lugar donde tuvo lugar el crimen y los nombres de las personas asesinadas; un padre y sus dos hijos víctimas del suceso. Donde una cuarta víctima pudo escapar unas horas antes de que ocurrieran los hechos, con la sorpresa añadida para los autores del crimen al tenerlo todo planeado.

    En el lugar donde ocurrieron los hechos se encuentra un peirón de piedra, en el cual hay una hornacina con unos azulejos macabros  donde están muertos las tres víctimas, junto a un reguero de sangre y encima de sus cabezas una cruz . En ellos reza la siguiente inscripción: Aquí murieron alevosamente Francisco Bayod y sus dos hijos, Pedro y Sebastián el 11 de marzo de 1879.

    La trama negra no aparece hasta el final de la obra, manteniendo el hilo con las premoniciones que el lector ira descubriendo poco a poco. Se desarrolla en el tronco familiar del matrimonio entre Cristóbal y María de La Cerollera, donde irán apareciendo los conflictos internos para el posterior desenlace en el clímax.

    Los personajes se irán alimentando de aquellas vivencias definidas en aquel mundo rural oscuro y cerrado de la autarquía, con el convulso siglo XIX, que marcó un antes y un después en la historia de España; con la inestabilidad política, los conflictos bélicos, junto a la crisis económica del final de la centuria, que provocó el inicio de un proceso de despoblación que continuó en el Bajo Aragón hasta el siglo XX. La voluble meteorología, la bajada de precios y el cólera contribuyeron a agravar la situación.

    Por tanto, todo ello se verá reflejado en los pueblos, y muy definido en las familias que tuvieron el aliento y ánimo para sobrellevar todas aquellas adversidades y cargas que iban apareciendo.

    La felicidad de la familia Bayod, se vivió y desarrolló con el tiempo en el campo de los olivos centenarios del mas de Royo, donde construyeron su modo de vida en lo más humilde. Todas las vivencias que les fueron apareciendo a los descendientes, las transmitieron a los hijos, para dejar constancia como legado cultural de la familia.. Secuencias inolvidables de aquel modo de vida.

    En sus páginas, también están presentes las injusticias provocadas por el capricho de los gobernantes que ocultaron dejando impune hechos tan terribles como: el "Crimen de las Torretas". Injusticias como librarse del Servicio Militar Obligatorio, los más pudientes o los que tenían familiares relacionados con el ejército y el poder. Sobrecargar al pueblo en normas e impuestos. En definitiva, manejar al pueblo bajo el dictado de la opresión y el miedo.

    También están reflejados el ciclo agrícola y festivo que era el medio de vida para poder sobrevivir, y a la postre todas las adversidades de epidemias de cólera de 1854, 1853 y 1865. La gripe de 1847 y 1848.



    Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 82

viernes, 17 de septiembre de 2021

EL HOSPITAL MILITAR DE ALCAÑIZ EN LA PRIMERA GUERRA CARLISTA

 



    El convento de San Francisco se encontraba en el barrio del Arrabal, próximo a la Puerta de Valencia. Estaba formado por un conjunto de edificios, lindaba con la iglesia de San Francisco, al oeste con los huertos, por el norte con la plaza y por el sur con la acequia Nueva. Contaba con una espaciosa plaza y con las dependencias comunes del convento, tres pisos con espaciosas habitaciones, almacenes, claustro, un huerto y una iglesia. Como consecuencia de la política desamortizadora de Mendizábal, el gobernador de Teruel firmó el 8 de marzo de 1836 el decreto de exclaustración de la comunidad franciscana de Alcañiz y la supresión del convento.

    Cuando a primeros de mayo de 1838 los carlistas trataron de ocupar Alcañiz, bombardearon durante dos días el convento de San Francisco con su artillería emplazada al pie del Cabezo del Cuervo. Los disparos abrieron una brecha por la que penetró medio batallón carlista al mando de Bosque y dirigidos por un monje exclaustrado. En el claustro se estableció una violenta lucha con los defensores, soldados y milicianos nacionales que finalmente consiguieron expulsar a los atacantes. La oportuna llegada del general Marcelino Oraá obligó a Cabrera a retirarse y levantar el cerco.

    El general Oraá, al mando de cinco divisiones proyectó una gran operación para recuperar Morella durante el verano, ocupada por los carlistas. En Alcañiz, convertida en plaza fortificada, se almacenó el material necesario para el sitio de Morella, víveres, municiones, tren de artillería, calzados, etc. Para el cuidado de los heridos y enfermos se habilitó un nuevo punto de depósito de heridos. Hasta ese momento los soldados heridos y enfermos eran atendidos en el antiguo hospital municipal de San Nicolás de Bari, en la Plaza del Dean, desde donde eran evacuados a Zaragoza. Cuando ya no cupieron los enfermos y heridos, se creó un pequeño hospital militar en el convento de San Francisco. De la asistencia quirúrgica se encargó el 2º ayudante provisional, Ramón Villalva. La medicina estuvo a cargo del 2º ayudante, Tomás Merino Delgado. También hubo cuatro practicantes de cirugía que aumentaron a siete en el mes de agosto.

    El 29 de julio, Morella quedó cercada por un ejército formado por más de 20.000 soldados de infantería, 2.000 jinetes y 18 piezas de artillería. El 2 de agosto salió de Alcañiz por el camino de Castelserás un largo convoy de carros que llevaba la artillería gruesa, ingenieros y sanitarios, protegido por la 3ª división del general Santos de San Miguel con ocho batallones y tres escuadrones. La vanguardia fue hostilizada por las guerrillas de Bosque a su paso por Castelserás. Continuando por La Cerollera llegó a Monroyo la noche del 6. El avance del convoy fue muy lento debido a que Cabrera había mandado efectuar destrucciones a lo largo de la carretera desde Alcañiz a Morella. El 7 estaba en La Pobleta y el 8 en la ermita de San Marcos, donde se produjo una refriega con los carlistas que causó 70 heridos, los cuales, tras ser socorridos en la ermita y luego en Monroyo, fueron conducidos el 12 a Alcañiz. El 9, se instaló un hospital de sangre, a tiro de cañón de Morella, que fue destruido por el fuego. En el abandonado hostal de Beltrán, se montó otro hospital de sangre, en cuyo vestíbulo se hacían las operaciones. Luego, los heridos pasaban a otras habitaciones sobre cuyo suelo se habían dispuesto jergones y algún colchón, paralelos entre sí, aunque muy poco separados. Las operaciones tenían lugar sobre la antigua mesa del hostal, empleada como camilla, así como en alguna cama de bancos y tablas. Las operaciones de extracciones se practicaban sentados en sillas sin respaldo. La noche del 15 de agosto, se efectuó el primer asalto por la brecha abierta en la muralla de Morella. El ataque fracasó y hubo que atender a 25 oficiales y a 135 soldados heridos. El segundo asalto tuvo lugar el día 17 y volvió a fracasar, 3 jefes, 4 oficiales y 54 soldados murieron y fueron heridos, 2 jefes, 22 oficiales y 278 soldados. Los suministros siempre escasos, con raciones limitadas a poco pan, carne de carnero para hacer caldo, agua y vino. La fuerte resistencia hallada y las dificultades que comportaba mantener el sitio con pocos víveres, obligaron al general Oraá a levantar el sitio y volver a Alcañiz. En su retirada, arrastrando los 86 carros del tren de artillería y 21 de ingenieros, fueron hostilizados de modo permanente. El día 19 en el Estret de Portes los carlistas cargaron con 8 batallones. Al día siguiente, volvieron a ser tiroteados antes de llegar a La Cerollera. La noche del 21 llegaron a Valdealgorfa y el 22 entraron en Alcañiz. En los combates de los últimos días se produjeron las bajas de 20 oficiales, 311 infantes y 13 jinetes.

    Buenaventura de Córdoba en su libro "Vida militar y política de Cabrera", escribió que el día 20 el ejército se encontraba en el barranco de Val de Luna, a una legua de Belmonte y 4 de Alcañiz. El 21 el general Borso se adelantó, "escoltando 800 y tantos heridos, a fin de llegar cuanto antes a Alcañiz". El 22 entró el general en Alcañiz. Según Buenaventura de Córdoba, los carlistas tuvieron en Morella, 230 muertos, 696 heridos y 62 contusos, y en el campo quedaron más de 2.000 muertos y muchos heridos de los cuales, más de tres cuartas partes fallecieron a los pocos días. A finales de agosto, el hospital de Alcañiz atendió a 1.242 soldados, 938 eran enfermos de cirugía y 304 de medicina. Las principales operaciones que se practicaron fueron: desbridamientos o dilataciones de heridas de bala, extracciones de proyectiles y cuerpos extraños, amputaciones, separaciones, extracción o recesión de esquirlas.

    Con la caída de Morella, terminó la primera guerra carlista. Espartero trajo a Alcañiz buena parte del armamento y municiones recogido, que almacenó en el almudí, cerca de 4.000 cartuchos de cañón, más de 27.000 cartuchos de fusil, 11.000 kilos de pólvora, miles de espoletas, lanzafuegos y cartuchos de fuegos artificiales. El 2 de septiembre de 1840, durante una tormenta, un rayo incendió el polvorín, lo que desencadenó una gran explosión que causó 60 muertos, más de 200 heridos y la destrucción de buena parte de los edificios del centro de la ciudad, entre ellos el hospital de Nuestra Señora Bari. El 30 de octubre de 1840, el Ayuntamiento inició los trámites para convertir el convento de San Francisco, entonces desocupado, en un nuevo hospital. El Gobierno concedió, en 1842, el convento al Ayuntamiento, con la condición de que se instalara el almudí en la iglesia y se eliminasen todos los símbolos religiosos del edificio y se adoptara a los nuevos usos propuestos.

   El hospital mantendrá su actividad hasta 1961 cuando se decidió construir un nuevo centro hospitalario. En 1974 el antiguo convento franciscano fue derribado, solo se ha mantenido la iglesia de 1757.



     Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 81


lunes, 5 de julio de 2021

EL SITIO DE ALCAÑIZ EN 1838

 



    La caída de Morella en manos carlistas, el 26 de enero de 1838, fue motivo de profunda preocupación para el general Marcelino Oraá, jefe del Ejército del Centro. Los carlistas, dueños de 15 piezas de artillería, podían amenazar las plazas de Vinaroz, Amposta, Gandesa, Samper y Calanda, cuyas defensas habían sido realizadas sólo para resistir el fuego de fusilería y de pequeños cañones. El Ejército había visto reducido sus efectivos a 12 batallones y 10 escuadrones de caballería. Para penetrar en el Maestrazgo, era preciso juntar varias columnas fuertes con las que batir los 17 batallones que tenían los carlistas.

    El 5 de marzo, Cabañero atacó Zaragoza. El 22 de abril, los carlistas tomaron el fuerte de Calanda, el 27 se rindió Alcorisa y el 30 lo hizo Samper de Calanda. Los fuertes de Alcañiz y Caspe, se presumía que fueran los próximos objetivos de Cabrera. El siguiente paso fue el bloqueo de Alcañiz por los jinetes de Joaquín Bosque. En la ciudad, empezó a escasear el arroz para los soldados, la cebada para los caballos, y el aceite, carbón y leña para el fuego de las cocinas.

    Quienes trataban de romper el bloqueo llevando víveres en un radio de una hora alrededor de Alcañiz, arriesgaban la vida si eran apresados o en el mejor de los casos, ser duramente apaleados.

    En 1835, Alcañiz había sido fortificada bajo la dirección del capitán de ingenieros Juan de Ramón Miró y Carbonell. Sin embargo, como los medios materiales fueron escasos, tuvo que limitarse al aprovechamiento de las defensas naturales y de las viejas murallas medievales, completadas con construcciones de tapia y el aspillerado de los muros para cerrar el núcleo urbano. El castillo fue fortificado y artillado. Disponía de un cuartel de caballería en la plaza del Cuartelillo. En el lado sur de la población, por donde atacarían los carlistas, destacaba la mole del convento de San Francisco (1524), cercano a la puerta de Valencia por donde salían el camino de Valdealgorfa, entre los cabezos del Cuervo y del Calvario y el camino de Castelserás. El foso del trazado de la acequia Nueva o del Rebedal, al pie de los conventos de San Francisco y del Carmen (1604), era un pequeño obstáculo para el asaltante. El gobernador interino de la ciudad era Benito María Sierra, coronel del provincial de Burgos, fusileros de Aragón, milicianos nacionales y movilizados de Beceite.

EL ATAQUE

    Para alejar las columnas liberales de Alcañiz, Cabrera envió al coronel L´Espinace, por Calatayud y Villar de los Navarros, perseguido de inmediato por la división del general Evaristo de San Miguel que el día 11 llegaba a Daroca. Mientras, Llagostera se movía por los alrededores de Mezquita.

    Alcañiz, desguarnecida de tropas, la noche del día 1 de mayo, Cabrera se presentó al frente de 4 batallones de la división de Tortosa, 200 jinetes y 7 piezas de artillería. Mandaban las fuerzas, Miguel Puchol con el 1º de Mora, Juan Solanit con el 2º de Mora, Pedro de Camps con el 1º de Tortosa, Manuel Salvador de Palacios con el 2º de Tortosa y el capitán Joaquín Bosque con los Lanceros y Tiradores de Aragón. El ayudante de la división de Tortosa era el comandante Ramón María Pons. Otros capitanes carlistas que intervinieron fueron: Benito Luis y Antonio Tallada que resultó herido en un brazo.

    Por si los sitiados intentaban salir de Alcañiz, Cabrera camufló parte de sus tropas entre los olivares. A las 6 de la mañana del día 2, los carlistas se habían posicionado en las alturas del Cabezo del Cuervo y del Cabezo del Calvario. A las 8 se presentó Cabrera, y al poco empezó el fuego de fusilería entre ambas partes durante todo el día y la noche. Mientras, los carlistas acarreaban los pertrechos que necesitaban para el ataque.

    Al amanecer del día 3 aparecieron construidas cuatro baterías en la falda del Cabezo del Cuervo, una de 16 reforzada, otra de 12 y dos de 8. Durante todo el día y parte de la noche, se realizaron 469 disparos de bala y granada contra las paredes del convento de San Francisco. En el Cabezo del Calvario colocaron un obús que lanzó 52 granadas contra la ciudad y el castillo. Desde el castillo se contestó al fuego con disparos de cañón y disparos que duraron todo el día. Las pocas pausas se veían amenazadas por los gritos y amenazas que proferían los contendientes.. En la pared del convento se abrió una brecha que fue tapada durante la noche por los defensores empleando sacos y colchones proporcionados por el ayuntamiento, que también entregó alimentos y bebidas a los soldados.

    La mañana del 4, los carlistas volvieron a cañonear desde una hora más temprana que el día anterior y con mayor mayor insistencia. Todos los disparos fueron dirigidos contra el convento de San Francisco, hasta la una del mediodía en que cesó. Antes de dar la orden de asalto, Cabrera envió un parlamentario para intimar a los defensores a rendirse en el plazo de un cuarto de hora. Pasado ese tiempo, todos los habitantes, sin distinción de sexo, serían pasados a cuchillo. Los defensores respondieron colocando una bandera encarnada con una calavera negra en el centro.

    Los carlistas aumentaron su artillería con un cañón de a 12 y un mortero, que lanzó de 40 a 50 granadas. Se contabilizaron en total 562 cañonazos, 23 bombas de 5 arrobas de peso y 12 cohetes. En el convento, las balas rasas abrieron algunas brechas. A las 8h 30´ de la noche, se produjo la caída de una esquina del edificio y la techumbre, formándose una gran brecha. El capitán de la tercera compañía del provincial de Burgos, Juan de Mata López, que dirigía la defensa, y dos sodados de su compañía quedaron enterrados bajo los cascotes. Desde las 9 hasta las 10 de la noche, estuvieron tocando las bandas de música de los batallones carlistas marchas militares y otra sonatas. En el momento en que la música calló, se abrió el fuego, calificado de horroroso, con el mortero y otra piezas de artillería que duró hasta las 10 h y 30´.

    Cabrera dio la orden de atacar Alcañiz por tres puntos. Por el convento de San Francisco, fue el ataque principal. Medio batallón del 1º de Tortosa penetró por la gran brecha. Los asaltantes, a las órdenes de Pedro José de Camps y del ayudante de campo Juan José González, fueron guiados por un antiguo fraile del convento y por un paisano llamado Bosque. Por dos veces intentaron entrar. La primera vez, consiguieron tomar gran parte de edificio sin que los defensores tuvieran tiempo de responder. Dos soldados capturados por los carlistas fueron fusilados de inmediato. La reacción de los defensores fue contundente, a cargo del teniente Miguel Antón del provincial de Burgos y del sargento Domingo Foz de los movilizados de Beceite. En plena oscuridad, por el claustro, corredores y escaleras, con el edificio amenazando de desplomarse, se produjo una violenta refriega con disparos a la corta distancia  de 10 pasos y lucha de cuerpo a cuerpo. Por la parte de la iglesia fueron perseguidos por el capitán de Burgos, Norberto Ortiz. El combate duró unas 3 horas y a ella se incorporaron el juez de primera instancia, Manuel Berdiela, que se encargó de animar a los soldados y el juez del partido de Valderrobres, Mariano Lescartín, con un fusil en la mano. El jefe de la milicia nacional de Alcañiz y otros oficiales optaron por abandonar la ciudad durante el ataque. El subteniente Antonio de Piniés, del provincial de Burgos, sería condecorado con la Cruz de San Fernando de primera clase. Los liberales tuvieron 4 muertos en los claustros y en el huerto inmediato, entre ellos el capitán Juan de Mata y 3 soldados. Hubo 11 heridos, entre ellos, el teniente Miguel Antón, el sargento 2º del provincial de Burgos, Roque Villar y el sargento 2º de los movilizados de Beceite, Domingo Foz. Según Cabrera, los defensores perdieron 150 hombres y otros 300 desertaron . Los carlistas sufrieron 7 muertos y 31 heridos. A  partir de las 2 de la madrugada el ataque disminuyó en intensidad.

    A la misma hora, por la parte del convento del Carmen, un batallón carlista, que llevaba consigo de 20 a 30 escaleras de mano, logró arrimarse a las paredes del edificio. La feroz defensa de los sitiados les obligó a abandonar la empresa dejando abandonadas las escaleras. El tercer ataque ocurrió por el puente nuevo, a cargo de algunas compañías de fusileros que hicieron un intenso fuego.

        Conocedores los carlistas de la próxima llegada de las columnas liberales de Oraá, San Miguel y Abecía, retiraron su artillería el día 6 y horas después levantaron el sitio, marchando hacia Castelserás y Calanda. Cabrera, antes de retirarse, volvió a intimar la rendición de los alcañizanos, sin recibir respuesta. Bosque se situó a distancia para mantener el bloqueo de la ciudad. Al día siguiente, Oraá entró en Alcañiz con 7 batallones y 5 escuadrones. Este, sin embargo, no fue el único asedio que sufrió la ciudad.


    Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 79



domingo, 13 de junio de 2021

EL FUERTE DE CALANDA EN MANOS CARLISTAS EN 1838

 



    Calanda era una pequeña población que contaba con 600 casas en 1838. Situada a 18 leguas al SE de Zaragoza y a 3 al SO de Alcañiz, era una localidad que los liberales fortificaron y pusieron una pequeña guarnición para que les sirviera de defensa contra un posible ataque carlista contra la ciudad. El 29 de mayo de 1835, el Alcalde Mayor de Alcañiz y teniente corregidor de los pueblos publicó un bando en el que invitaba a los aragoneses  "....a tomar las armas y convocarlos en defensa de los derechos de Isabel II y la libertad de la Nación". En Calanda se creó la nacional que a finales de julio constaba de una compañía con 4 escuadras al mando de un teniente, 2 subtenientes con 94 urbanos, un corneta y un tambor. A finales de ese año, 59 vecinos de la población habían huído para unirse a los carlistas. En 1836, el capítulo eclesiástico de Calanda hizo un donativo para la intendencia del ejército en Aragón. Mariano Domingo dio 120 reales y Jaime Gil 100.

    Calanda formaba parte con Alcorisa, Alcañiz y Caspe, de la línea fortificada del río Guadalope. Como defensas exteriores, se fortificaron las ermitas de Santa Bárbara y de San Blas que dominaban los caminos de Castelserás y de Alcorisa, rodeándolas con un muro aspillero1 y algunos tambores2, situados de trecho en trecho. En el interior de la población, se fortificaron el viejo castillo, el convento de capuchinos y un torreón contiguo. Calanda estaba defendida por 2 compañías del Provincial de Burgos y 200 milicianos nacionales. El 21 de junio de 1837, debido al escandaloso comportamiento de la compañía de cazadores del provincial de Burgos, insubordinación y desobediencia, la unidad fue disuelta y reorganizada con nuevos soldados.

    Después de la caída del fuerte de Torrevelilla el 3 de septiembre de 1837, el general Nogueras se presentó en Calanda. Se marchó hacia Daroca el día 8 de octubre a las 6 de la mañana, obedeciendo órdenes superiores, se lamentó de dejar la población con tan poca guarnición, 50 hombres, abierta, con 4 fuertes, 3 de los cuales eran exteriores, y un torreón.

    El 14 de noviembre, los carlistas fueron derrotados en Castelserás por la columna móvil del brigadier     Abecia; pero los resultados no cambiaron el curso de la guerra que en esas fechas favorecía a los carlistas. La escasez de suministros, la falta de tropas y los pocos logros alcanzados persiguiendo a las partidas carlistas, habían reducido la credibilidad del brigadier, al tiempo que aumentaba la preocupación ante un posible ataque de Cabrera a la ciudad de Alcañiz.

    A primeros de abril de 1838, Cabrera se preparó para el asalto de Calanda como paso previo a un ataque contra Alcañiz. Para ello, ordenó Llagostera, jefe de la división de Tortosa, que el 18 de abril estuviera situado frente a Calanda con los dos batallones de Mora y los dos de Tortosa, para que estableciera el cerco del pueblo y construyera los emplazamientos para las baterías que iban a llegar. El corresponsal en Alcañiz del periódico Eco del Comercio, con fecha del 16 de abril, advertía de los planes de Cabrera, que había salido de Cantavieja con 11 cortos batallones y 3 escuadrones con piezas de artillería hacia el Bajo Aragón, y que " según los del país, su objeto es apoderarse de los fuertes de Alcorisa, Caspe, Calanda y Smper, donde la tentativa le saldrá bien al tener enfrente al malísimo brigadier Abecia cuyo resultados son nulos". La guarnición de Calanda rondaba en ese momento los 500 hombres. El Correo Nacional, en su edición del 20 de abril, publicó que " La facción de Cabrera se halla reunida, según nos escriben de Alcañiz, en el Bajo Argón, con el al parecer, de dar un golpe de mano sobre alguno de aquellos puntos fortificados, aprovechando sin duda la coyuntura de no haber columna a la sazón que les puedan estorbar sus proyectos. La pequeña guarnición y nacionales de Alcañiz están sin embargo decididos a sostenerse a todo trance". Por su parte, El Amigo del pueblo advertía que si Cabrera "se posesionase de los fuertes de Alcorisa, Alcañiz, Caspe, Calanda y Samper, le preguntaríamos (al gobierno) ¿qué medidas habéis tomado para impedirlo?". Criticaba la falta de fuerzas y terminaba diciendo, "San Miguel hará cuanto pueda, Abecia lo que sepa".

    El 18 de abril, se encontraban en Castelserás dos batallones carlistas y se organizó un hospital en casa de Doña Francisca, para hacerse cargo de los futuros heridos. Por la tarde, llegaron a Castelserás dos batallones de Luis Llagostera. Poco después, entre las 6 y las 7 salieron dos batallones en dirección a Calanda, consigo llevaban gran cantidad de cañizos, tablas, toneles, fajinas y talegas junto a un centenar de hombres para preparar las baterías donde colocar las pezas mayores, y un obús de carga o morterete pequeño. Cabrera salió de Morella y pernoctó en La Ginebrosa.

    A las 11 de la mañana del 19, Cabrera, escoltado por 100 jinetes, llegó a Castelserás. A las 3 de la tarde, marchó a Calanda para organizar el sitio, donde ya había 5 batallones esperándole y otro que quedó en Castelserás. Según un parte del comandante de armas de Samper, los carlistas llevaron a Calanda 60 cargas de de trigo, 80 de vino y 50 de3 aceite.

   La artillería, que estaba en una venta antes de Monroyo, fue llevada a La Cañada, un cañón de a 16, otro de a 12, otro de a 8, una culebrina de a 4 y 2 morteretes. El 19 fue transportada hacia Castelserás con las caballerías requisadas en los pueblos del entorno. Sin detenerse, continuó a su nuevo emplazamiento en Calanda donde llegó a las 5 de la tarde. Colocadas las piezas en batería, comenzaron a disparar contra los fuertes exteriores. A 60 pasos de la cortina aspillerada de Santa Bárbara, se preparó el emplazamiento de otra batería. Como desde la muralla obstaculizaran los trabajos, Cabrera ordenó a su ayudante Joaquín Aguilera, que al mando de una compañía se parapetase en una casa cercana situada a 10 pasos de la muralla y que desde ella, la mitad de sus hombres abriera fuego contra el muro aspillerado. Como sus ho0mbres vacilaran, Aguilera se puso al frente de ellos; pero enseguida fue gravemente herido. Cuatro voluntarios lograron rescatarlo y llevarlo a sus filas, aun vivo.

    Según relató el propio Cabrera en un informe dirigido al Presidente de la Junta Carlista, los fuegos de la artillería se dirigieron contra el fuerte de Santa Bárbara situado en posición dominante. Tras los primeros disparos y comprobar que la infantería carlista había cortado sus co0municaciones con los demás fortines, un soldado salió del fuerte y propuso su rendición si los defensores salvaban la vida. Admitida la propuesta, se rindieron entre las 5,30 y las 6 de la tarde. La noticia de la caída del fortín llegó a Alcañiz a las 12 de la noche.

    Durante la noche se trasladó la artillería al fuerte se Santa Bárbara y se inició el fuego contra el fuerte de San Blas. Al amanecer del día 20, tras unos primeros disparos, los carlistas se aproximaro9n a un tiro de fusil del fuerte que presentaba un gran boquete y había sido abandonado por sus defensores. Desde ese punto disparaban contra la población y el fuerte interior. Durante la noche el fuego prendió en las casas del barrio de Cantarería, según narró un testigo y continuaba a las 10 h 30" de la mañana. Un correo enviado a Alcorisa por los sitiados fue capturado. En el comunicado enviado a Alcañiz, el comandante de armas exponía el terrible fuego que hacía la artillería y la situación crítica en que se hallaban los defensores a punto de sucumbir si no recibían auxilio. El fuego se dirigió contra la muralla en la que se abrieron dos pequeñas brechas. A lo largo del día, dispararon 130 cañonazos. A las 8 de la noche, después de disparar la segunda granada, los carlistas asaltaron la muralla por dos puntos. Tras una fuerte resistencia inicial, media hora después, hacia las 8 h 30", los carlistas penetraron por la puerta de Andorra y se extendieron hacia la Plaza. La guarnición se replegó hacia el castillo, convento de capuchinos y el torreón. El capitán Fernando Gil con 5 nacionales logró escapar y llegar hasta Alcañiz, carente de tropas para auxiliar a los calandinos, mandó correos en petición de ayuda.

    Al amanecer del 21, tras unos pocos disparos contra el torreón, los defensores lo abandonaron saltando por una ventana trasera hacia el convento. A continuación el fuego se dirigió contra éste y se abrió una brecha en el muro, per su fuerte grosor y el fuego de los defensores impidieron el asalto. Finalmente, pudieron penetrar los cazadores del 2º de Tortosa y a las 5 de la tarde se rindieron. Los pocos defensores que quedaban se retiraron al castillo entre las 8 y las 9 de la noche. Los carlistas introdujeron la artillería en el interior del pueblo y empezaron a disparar contra el castillo. El capitán retirado, Fernando Gil, con 10 milicianos nacionales pudo escapar y llegar a Samper entre las 4 y las 5 de la madrugada.. El soldado Joaquín Loscos, del 2º batallón de francos, llegó a Alcañiz a las 5 de la mañana tras escapar al perderse el torreón. El general Santos de San Miguel se encontraba en Híjar, dispuesto a avanzar sobre Calanda para levantar el sitio; pero disponía de pocas fuerzas. A las 2 de la mañana, fue avisado de la caída de la plaza durante la noche. Ante esta noticia, y por disponer de pocas fuerzas, optó por situarse entre Alcañiz y Caspe por si los carlistas atacaban alguna de ellas. A las 6 de la mañana del 22, el comandante de armas de Calanda, a la vista de los destrozos ocasionados en el castillo por la artillería, capituló con sus hombres. La iglesia y parte de las casa de la población ardieron.

    En su informe, Cabrera escribió que los liberales tuvieron 42 muertos y 393 prisioneros, entre ellos el comandante y 19 oficiales. Se recogieron 412 fusiles, 16 caballos, víveres y municiones. Los carlistas tuvieron un oficial muerto y 4 soldados, además fueron heridos 3 oficiales del 2º de Tortosa y el ayudante de Cabrera, Joaquín Aguilera. Cabrera mandó que las sábanas, mantas, jergones y camisas halladas en el fuerte principal se llevaran con los heridos al hospital de Horta, recientemente establecido. Por su parte, el coronel del regimiento provincial de Burgos, Benito María Sierra, en su comunicado del día 24 en el que explicó los motivos que propiciaron la caída de Calanda, dijo que la escasa guarnición no pudo aguantar el ataque de 5 batallones con 8 piezas de artillería de grueso calibre por lo que tuvo que capitular. Manifestó que el día 19 no pudo socorrerlos debido a la poca guarnición que tenía y que comunicó loa crítica situación en que se hallaban al brigadier José Abecia, comandante general de la división del Bajo Aragón para que acudiera a socorrerla. Sus desvelos fueron infructuosos, pues aunque la división al mando superior del general San Miguel se movió, llegó por la tarde, cuando los prisioneros estaban camino de Cantavieja o de MKorella.

    Los prisioneros fueron 7 oficiales y 130 soldados del provincial de Burgos. Los oficiales capturados fueron los tenientes José Agüero Moreau y Gonzalo del Río y los subtenientes José Díaz Agüero, Ángel Santos, Gregorio Salinas, Rodrigo García de León y Alberto Robotti. La prensa liberal publicó que la suma total de prisioneros ascendía a 338, entre tropa y nacionales. Entre los prisioneros también se encontraban de 70 a 80 milicianos nacionales, muchos de los cuales fueron inmediatamente fusilados junto a la ermita de Santa Bárbara.

    Los prisioneros supervivientes fueron llevados a Cantavieja y luego a Morella, donde 22 de ellos serían fusilados en la de los Estudios el 4 de julio.

    La tarde del 10 del agosto, los prisioneros de Calanda y Benicarló que, habían sido llevados a Ballestar, se sublevaron dirigidos por Ramón Gil, jefe de los nacionales de Calanda, se apoderaron de las armas de la guardia y emprendieron la fuga hacia Vinaroz. Fueron perseguidos y conforme eran capturados fueron fusilados. Dos años más tarde, cuando Cabrera abandonó Aragón en junio de 1840, los últimos nacionales fueron lanzados maniatados al río Ebro en Mora. Entre ellos se encontraban, el médico calandino Carlos Llop y el propietario de Torrevelilla, Manuel Velilla.

    La caída de Calanda provocó un cierto desánimo en las calles de Zaragoza, al temer un nuevo asalto. Se produjeron algunos alborotos populares y se liberó algún preso.

    El día 26 el comandante de armas de Alcorisa comunicó a Alcañiz que el fuerte estaba bloqueado y que si no era socorrido correría la misma suerte que el de Calanda. Cabrera marchó contra la población con dos piezas de artillería y al día siguiente llegó el coronel Feiu con el 2º batallón de Tortosa. Al no recibir ayuda, los liberales abandonaron la fortificación escapando en dirección a Montalbán. Los carlistas encontraron en la plaza un importante almacén de víveres. Dos días más tarde, Cabrera marchó hacia Samper de Calanda, distante 8 horas de Calanda. A las 3 de la mañana del día 30, se presentó ante sus muros con el 2º batallón de Tor4tosa, 80 jinetes y 2 cañones. A las 5, intimó la rendición de la población que se produjo dos horas después. Los carlistas capturaron 157 prisioneros, 367 fusiles, 14 caballos y 30.000 cartuchos de fusil. Las fortificaciones fueron destruidas. El paso de Cabrera será poner sitio a la plaza de Alcañiz. Mientras, mandó reparar los caminos de Alcorisa y Calanda para facilitar el paso de la artillería.

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1. A.H.A. Caja 5.Comunicación del Alcalde Mayor de Alcañiz, 29 de mayo de 1835.

2. La aspillera es u7na abertura loarga y estrecha en un muro para disparar por ella.


    Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 77



jueves, 3 de junio de 2021

TERMINACIÓN DEL PROYECTO HISTÓRICO "LA CODOÑERA"

 


    El pasado 9 de agosto de 2020, se presentó en La Codoñera el último volumen sobre la historia de esta población, enmarcada en el contexto de sucesos y vivencias que afectaron al Bajo Aragón durante los siglos XVII y XVIII. Con este libro, los autores finalizan un proyecto histórico que ha durado más de 30 años, trabajo en el que han colaborado especialistas en áreas tan distintas como la lengua, la música, la arqueología, la historia, la filosofía, el arte, la geología o la arquitectura. Junto a ellas, es preciso reseñar las aportaciones anónimas de mujeres y hombres del pueblo. La labor de campo ha completado la información documental en aras a un mejor conocimiento de nuestro entorno geográfico y humano.

    El primer volumen de La Codoñera en su historia se presentó en las fiestas patronales de San Cosme y San Damián de 1995. El libro consta de dos partes, en la primera se hace una introducción al medio físico y humano de La Codoñera con una recopilación de sus tradiciones, la mayor parte de ellas fruto de la encuesta a medio centenar de personas cuyas edades, en ese momento superaban los 80 años. La segunda parte, comprende: el estudio de la prehistoria del lugar a cargo de José Antonio Benavente, Secundino Comín y Carlos Navarro; un completo análisis de la lengua hablada del pueblo por parte del Dr. Artur Quintana y la historia del lugar hasta el 1500, que ha contado con la documentación recogida en el Archivo Diocesano de Zaragoza desde la fundación de su iglesia parroquial ocurrida hacia 1180. Esta parte contó con las del historiador Joaquín  Monclús, Jesús Pallarés y Francisco García, con el prólogo de Pedro Rújula.

   El segundo volumen fue presentado el día del Pilar de 2000. Comprende el estudio del siglo XVI y contó con la colaboración del musicólogo Blas Sancho, del filósofo Andreu Grau, del lingüista Artur Quintana, del técnico aparejador Francisco García y de los historiadores María Pilar Anglés, Pedro Rújula, Alberto Bayod, José Manuel Latorre y Jesús Pallarés. La mayor parte de la documentación utilizada procede del Archivo de Protocolos Notariales de Alcañiz y del Archivo Diocesano de Zaragoza. El prólogo corrió a cargo de José Ignacio Micolau, anterior responsable del Archivo y Biblioteca de Alcañiz.

    En la semana cultural del verano de 2006, se presentó el sexto volumen. Este libro comprende la historia del siglo XX. Para su redacción, además de la bibliografía consultada y la documentación del Archivo Militar de la Guerra Civil de Ávila, se ha encuestado a más de un centenar de vecinos y vecinas que nos contaron sus vivencias, antes, durante y después de la guerra civil. La alteración del orden lógico de publicación obedeció principalmente a un tema sentimental para no retardarla, dada la edad de los informantes. Colaboraron en este libro, Pedro Rújula, Alberto Bayod, Alejandro Abadía, Jesús Celma y Jesús Pallarés. El prólogo fue realizado por el periodista Ramón Mur.

    En las fiestas patronales de 2015, presentamos el quinto volumen centrado en el siglo XIX. Cabe reseñar el protagonismo de nuestro pueblo en el inicio de la primera guerra carlista con el grito dado por Carnicer en favor del Pretendiente Carlista el 12 de octubre de 1833. Colaboraron en este libro: la archivera del municipio de Alcañiz, Teresa Thomson y los historiadores Pedro Rújula, José Ramón Villanueva, Javier Bel, Gregorio Paricio, Luis Antonio Pellicer y Jesús Celma. El prólogo fue redactado por José Ramón Villanueva. El 9 de agosto de 2020, se presentó el último volumen que comprende los siglos XVII y XVIII. El volumen comprende más de 700 páginas de texto e imágenes, que, en principio, deberían  haberse desglosado en dos volúmenes, pero la crisis económica y los recortes presupuestarios de los últimos años han llevado a la publicación de un único texto (volumen 3 y 4). El licenciado en Historia del Arte, Jorge Martín Marco, ha realizado el estudio de la ermita de Loreto, dentro de su proyecto de Investigación I+D, sobre los diseños de arquitectura gótica en la península Ibérica entre los siglos XVII y XVIII. Otras valiosas colaboraciones se deben a: Alejandro Abadía, Emilio Dobato, Gregorio Paricio y Javier Bel. Alberto Bayod ha escrito el prólogo de este volumen.

    Las fuentes documentales han sido numerosas: Archivo de Protocolos de Alcañiz, del cual se han consultado más de 600 protocolos que abarcan el período desde finales del siglo XV hasta finales del siglo XIX; Archivo Histórico de Alcañiz, con información de los siglos XIX y XX. Archivo Diocesano de Zaragoza, con sus Visitas Pastorales, matrículas de Comunión Pascual, obras, fundaciones de Beneficios y Capellanías, nombramientos de vicarios y beneficiados, Procesos Criminales y otros; Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, entre cuyos documentos cabe reseñar el pleito que durante décadas enfrentó a La Codoñera con Torrevelilla; Archivo Histórico Nacional de Madrid con datos sobre censales pagados a los beneficios de la iglesia y Visitas de la Orden de Calatrava; Archivo de la Corona de Aragón, con documentos sobre la primera concordia entre Alcañiz y sus barrios en 1615; Archivo Provincial de Teruel; Archivos locales de La Codoñera, Valdealgorfa, Torrevelilla y Belmonte; Archivos particulares y Hemerotecas de Barcelona, Madrid y Zaragoza.

    Aunque el proyecto histórico puede darse por terminado, los autores tratarán en un pequeño anexo la toponimia histórica de La Codoñera que esperan publicar en tiempos no muy lejanos.

    Este último volumen que se presentó, son en realidad dos libros, el III y el IV, que comprende el estudio de los siglos XVII y XVIII. No se trata de una investigación circunscrita sólo a La Codoñera. Los autores sitúan los avatares históricos ocurridos en el pueblo dentro de un contexto más amplio que se extiende a gran número de localidades del Bajo Argón. Destaca en este sentido Alcañiz, de quien La Codoñera fue un barrio hasta que obtuvo el privilegio real de villazgo en 1776. Con los pueblos de su entorno más inmediato compartió experiencias comunes, pero también rivalidades económicas y políticas que se detallan en el texto.

    Este 5º volumen comprende más de 700 páginas que incluyen copias de documentos originales e imágenes, varias de ellas en color. El libro se estructura en siete capítulos principales, precedidos de un prólogo del historiador belmontino, Alberto Bayod. Los cuatro primeros capítulos abarcan el estudio del medio físico y humano, la familia, el espacio social y la actividad productiva. El quinto capítulo incide en la historia de La Codoñera en el período de los Austrias. En él se analizan los principales avatares del período: el problema morisco; la concordia de 1624 con Alcañiz, que supuso el primer paso en la autonomía del pueblo; la guerra fronteriza con Cataluña en 1640, la peste y la crisis económica derivada de la contienda. En el capítulo sexto se estudia el siglo XVIII con la llegada de la nueva dinastía Borbónica, la incidencia de la Guerra de Sucesión y los cambios derivados de la pérdida de los Fueros en 1707. La segunda mitad del siglo será una etapa de recuperación económica con la construcción de la Acequia del Siscar en 1745, que permitió la transformación del secano en regadío, la ampliación de cultivos; el aumento demográfico de la población y la obtención del villazgo que supuso la plena independencia de Alcañiz.

    El séptimo capítulo se dedica a la parroquia de La Codoñera. En su redacción se ha contado con la valiosa colaboración de Jorge Martín Marco. Su trabajo forma parte del proyecto de Investigación I+D, sobre los diseños de arquitectura de tradición gótica en la península Iberíca entre los siglos XVII y XVIII. Este capítulo se estructura en tres apartados: la iglesia parroquial y las modificaciones experimentadas en el edificio a lo largo del tiempo; la ermita de Nuestra Señora de Loreto, la joya de La Codoñera y el estudio de la parroquia con sus vicarios y beneficiados.

   En la ejecución del trabajo, ha sido fundamental la colaboración prestada por los responsables del Archivo de Prtocolos Notariales de Alcañiz y del Archivo Diocesano de Zaragoza.


    Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 70

    



domingo, 12 de julio de 2020

LA CAÍDA DEL FUERTE DE TORREVELILLA EN 1837





     En 1837 Torrevelilla era una pequeña población de unas 500 almas. Por su singular emplazamiento era un importante punto de comunicación entre Castelserás y La Ginebrosa, a 2,5 leguas de Alcañiz. Desde principios del verano se había visto continuamente amenazada por los carlistas, por lo que había sido regularmente fortificada. Contaba con una pequeña guarnición de milicianos nacionales y soldados del provincial de Burgos. Junto con Calanda, Alcorisa, Caspe y Maella, formaba parte de la línea de fuertes que protegían Alcañiz.
    El 27 de agosto, el gobernador de Alcañiz, Martín Lucas, tras una de sus continuas salidas, escribió que no había podido ver al centenar de soldados carlistas y 20 jinetes de la partida de Quílez que se suponía merodeaba entre Valjunquera y La Fresneda, por lo que marchó a Valdealgorfa y al hallarlos, se dirigió por La Codoñera hasta las cercanías de Torrevelilla donde encontró acampada la facción, forzándola a abandonar sus posiciones hasta más hallá de La Cañada de Verich.
    El 8 de septiembre, el destacamento de Torrevelilla pidió que se le mandara un oficial albañil, 4 braceros y dos caballerías mayores a los pueblos próximos1. Su guarnición era de unos 300 hombres, a tenor del número de raciones que demandaba su comandante de armas. A las 10 de la noche del día 10, el gobernador de Alcañiz salió de la plaza al mando de una columna de 200 infantes, 20 jinetes y las partidas de Velillas y Terrer en socorro del  fuerte deTorrevelilla, amenazada desde hacía unos días por la partida carlista de Juan Bautista Pellicer2. En ese mismo día, Gandesa volvía a estar bloqueada con falta de alimentos. En su auxilio debieron ir fuerzas de Cataluña, ante la lejanía de las fuerzas del Ejército del centro.
    El 23 los batallones carlistas, 1º de Mora y 5º de Aragón, cortaban los accesos a Torrevelilla. El 25 los sitiados comunicaron a Alcañiz la apurada situación en que se hallaba el fuerte. El bloqueo fue roto el día 29 por la llegada de una columna3 de Alcañiz al mando del coronel Martín Lucas Arcaine, con 500 hombres de las guarniciones de Caspe, Samper y Calanda, 20 jinetes del 4º y 6º ligero de los movilizados de Caspe y 4 habilitados recientemente de la compañía de cazadores. Según el comunicado liberal, dos batallones carlistas fueron derrotados y perseguidos hasta lo alto de la sierra de La Ginebrosa. La guarnición de la plaza salió para colaborar en la rotura del cerco. Por la tarde, la columna entró en Torrevelilla con el convoy de víveres y municiones. Las obras y atrincheramientos situados a 300 pasos de las fortificaciones liberales fueron destruídas.
    En su informe, el coronel Martín Lucas dijo que,: "Hubiera hecho más si los partes recibidos y otos antecedentes no me hubiese enterado que era natural reforzarse el enemigo con 1.500 hombres que tenía en Castellote, los cuales efectivamente vinieron a recaer en Codoñera, pueblo situado a retaguardia, cuatro horas después de retirarme el día de ayer". Las pérdidas liberales fueron: 4 muertos del 3er batallón de San Frenando y otro del Provincial de Burgos,1 oficial y 10 soldados fueron heridos  y otros 9 contusos de bala de fusil del mismo San Fernando.
    Otros heridos fueron: 8 del provincial de Burgos, 1 sargento y 3 soldados de la 2ª compañía de Teruel, 1 sargento del regimiento del rey y 4 de la guarnición de Torrevelilla. Las pérdidas del enemigo fueron 40 hombres. El brigadier Llagostera fue conducido a Valderrobres en una camilla, herido de un brazo y de la cabeza. El informe del coronel menciona las actuaciones más destacadas: el mayor del 3 batallón de San Fernando, barón Purgote de L´Ourenhart ( Carlos), encargado de los movimientos de la reserva, el capitán del mismo cuerpo, Fernando Bontoller, que haciendo funciones de Estado Mayor recibió 4 balazos, el subteniente del provincial de Burgos, Gregorio Salinas, de guarnición de Torrevelilla, y especialmente el teniente, Félix GascónJové, que contuvo a una compañía enemiga que había cargado a la bayoneta contra la guerrilla liberal y que falleció de sus graves heridas. Apenas cuatro horas después, los carlistas se presentaron en La Codoñera amenazando la retaguardia liberal. Los carlistas conservaron sus posiciones alrededor de Torrevelilla al mando de Pellicer.
    Cabrera fue avisado en Cantavieja  del desenlace del combate el día 30 por el ayudante de Llagostera. Enseguida partió hacia Torrevelilla, con él llevaba los dos batallones tortosinos, un cañón de a ocho y 2 morteretes de siete pulgadas. El 3 de octubre estaba en Torrevelilla y enseguida construyó una batería. Antes de abrir fuego, conminó a los sitiados a rendirse. Estos se negaron, al haber recibido un refuerzo de 1.800 hombres de Caspe y Alcañiz. Según el Boletín de Cantavieja nº 73, "Al anochecer colocados los morteretes en batería , por vía de prueba dispararon tres tiros, cuya última granada cayó y reventó dentro de la plaza. Avisado el jefe carlista, a la una de la noche de que la guarnición se fugaba y que la guardia inmediata iba a su alcance, mandó a la compañía de cazadores de Mora y algunos granaderos que siguiesen la misma dirección". En la persecución se hicieron 14 prisioneros. En los almacenes de Torrevelilla se recogieron 70 fusiles, municiones, depósitos de trigo y cebada y 3.000 raciones de galleta.
    El comandante de armas de Torrevelilla dirigió el 5 de octubre desde Calanda, al gobernador militar de Alcañiz, Marín Lucas, un oficio en que exponía los motivos del abandono del fuerte de Torrevellla. Según éste, el día 1 el cabecilla Pellicer le conminó a la rendición y en la mañana del 3 Cabrera le ofreció una capitulación honrosa y garantías si rendía el fuerte, advirtiéndole que tenía todas su baterías dispuestas para reducirlo a cenizas. A dicha proposición, contestó que  "sus ofrecimientos eran contrarios a los sentimientos de mi corazón y deberes de mi patria". A las 10 h 30 minutos de la mañana, se estrechó el cerco con varias columnas  que sumaban 2.000 hombres y 100 jinetes. A las 4 de la tarde, se vio desfilar la artillería por el camino de La Cañada y a la media hora, empezó el fuego desde la altura del Collet. El ayuntamiento planteó que era llegado el caso de abandonar el pueblo visto que las fuerzas enemigas eran de consideración y que aunque habían resistido por espacio de 2 meses y 24 días, no podían oponerse a la artillería. Además, el espíritu de la tropa había decaído y los soldados estaban decididos a marcharse con la milicia nacional. Al razonamiento de que había que aguardar auxilios de algunas columnas, se objetó que en el largo sitio que habían tenido, sus clamores no habían sido oídos. El desaliento de la guarnición había aumentado desde la venida de la columna de Alcañiz, que les había incomodado haciéndoles creer que las tropas estaban muy lejos para prestar auxilio y que la guarnición no sería reforzada. El oficial comandante de la fuerza de Burgos advirtió del desánimo al avisar la artillería, por lo que opinaba que debían saltar la muralla e irse a Alcañiz. Además, se consideraban engañados cuando se les dijo que los facciosos no traían artillería y que todo era un montaje. El comandante de armas trató de animarlos en la muralla con resultado negativo y recibir algunos insultos hacia su persona. Se oyeron comentarios acerca de algunos nacionales principales se había ido a Alcañiz, abandonando el pueblo y que otro se había pasado durante la noche anterior a los facciosos y les había contado el estado en que se hallaba la población, comentario oído desde las baterías de los enemigos.
    El comandante de armas expuso que ese desagradable suceso era peor que el ocurrido el día en que el coronel estuvo la última vez en Torrevelilla. La posición del Ayuntamiento y de los oficiales nacionales era de sublevación general. Para cortar estos males, determinó y mandó abrir un boquete en la muralla. A las 11 de la noche los soldados salieron a la bayoneta sobre el enemigo para abrirse paso hacia Calanda. Los facciosos, seguramente prevenidos  por 4 soldados de Burgos que se pasaron en aquel momento, los arrollaron con sus caballos a los pocos momentos de haber emprendido la marcha: fue imposible contener el desorden de la tropa que se vio acorralada por todas partes. La columna se organizó en tres grupos. El comandante de armas fue con el último grupo. El alférez Salinas fue el primero en llegar a las 11 horas 30 minutos y dos horas más tarde lo hizo el último grupo. En total llegaron a Calanda 28 nacionales, 85 soldados del provincial de Burgos y 24 del provincial de León. hubo 10 soldados muertos o prisioneros. las pocas municiones que quedaron en Torrevelilla fueron inutilizadas y sólo se dejó un cajón por si había que volver a la plaza.
   También se habían salvado algunas familias de Torrevelilla. La fecha en que tuvo lugar la marcha nocturna fue dos días después de la luna nueva, por lo que la oscuridad debió favorecer la huida.
   La noticia de que el fuerte de Torrevelilla se había visto obligado a entregarse a los carlistas no fue conocida a través de la prensa liberal hasta el 21 de octubre. El 4 de octubre, el fuerte de Calanda fue atacado por 4.000 carlistas con 3 piezas de artillería al mando de Cabrera. En los días siguientes, hizo un reconocimiento en Castelserás y mandó demoler las fortificaciones de Torrevelilla. El día 8 marchó por Belmonte, Cretas, Bot y Cherta hacia Tortosa  donde llegó el día 10.

___________________
1- A.H.M.V. Guerras carlistas, 8 de septiembre de 1837.
2- El Eco del Comercio, 17  septiembre de 1837.
3- El Eco del Comercio, 5 de octubre de 1837.


     Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 67

domingo, 5 de julio de 2020

EL SORPRENDENTE REBROTE DE GRIPE EN 1920 EN LA CODOÑERA





      Primer brote, de marzo a julio de 1918:
    Este período coincide con el final de la 1ª Guerra Mundial. Se extendió rápidamente entre los contendientes, pasó las fronteras y afectó principalmente a las grandes ciudades.

     Segundo brote.
    Desde septiembre a diciembre de 1918. A primeros de septiembre, coincidiendo con el anuncio del próximo armisticio, empezaron a volver miles de migrantes que trabajaban por la causa aliada. Su retorno se hizo en condiciones deplorables, en su mayor parte mal alimentados y muchos enfermos. Se calcula que cerca de 40.000 obreros pasaron la frontera de Porbou en apenas 60 días y otros tantos por la de Irún. A esta vuelta se sumó el retorno de quienes habían participado en la vendimia francesa. Su entrada se hizo sin medida de control sanitario. Afectó tanto a las ciudades como a pequeños municipios del mundo rural, fue la causante del mayor número de víctimas a nivel mundial. En La Codoñera, la pandemia no fue tan letal como en la vecina Belmonte; fallecieron 8 personas entre los días 9 y 29 de octubre. Por el contrario, en el rebrote de 1920 morirán 18 personas.

    Tercer brote.
    De febrero a junio de 1919. No afectó a La Codoñera.

    Cuarto brote
    En el primer trimestre de1920.
    En una crónica mandada desde Alcañiz y publicada en el período La Vanguardia del 31 de enero leemos: ·"verdaderamente tiempo primaveral es el tiempo que hace a pesar de de estar en el mes que los fríos son fuertes; pues tan apenas amanece un día que haya escarcha, la recolección de la oliva está bastante adelantada." El día 9 de febrero reinó un frío intenso con vientos heladores del noroeste, pero el 12 volvió a ser primaveral alternando en las jornadas siguientes con cielos cubiertos. El día 17 la presión disminuyó y fue seguida de una bajada térmica acompañada de fuertes vientos y aguaceros, que el día 20 ocasionaron inundaciones en todo el litoral desde Castellón hasta el mediodía francés. Luego, el tiempo se mantuvo variable, con intervalos cubiertos y ligeras precipitaciones hasta el día 28 en hallamos la anotación de "sol ardiente y y temple más que primaveral de pleno estío". El tiempo primaveral se mantuvo hasta el 7 de marzo en que retomaron los temporales de lluvias, los fríos y las nevadas.
   Estos cambios bruscos de tiempo causaron numerosos catarros y facilitaron la expansión de la gripe por todo el territorio peninsular. Este episodio afectó a muchos niños menores de un año, carentes de inmunidad contra el virus de 1918.
   El número de afectados aumentó de forma alarmante el 26 de enero en Zaragoza, pueblos cercanos y Levante. En La Codoñera, el nuevo brote comenzó a finales de enero y tuvo su punto álgido durante el mes de febrero; en total murieron 18 personas. La primera baja fue el 7 de febrero cuando falleció una niña de 8 meses de edad por bronconeumonía. A esta, seguirán otras 17 hasta la última ocurrida el 29 de febrero. Los momentos álgidos ocurrieron los días 21 y 24 con tres fallecidos diarios.
   Todas las muertes se produjeron por complicaciones respiratorias ( 14 bronconeumonías ) y neurológicas ( 5 encefalitis ). Murieron 7 menores de 1 año de edad. Por sexos: 6 fueron mujeres y 12 hombres, sobre una población de 1.120 personas entre el 10 de febrero y el 8 de marzo ( 5 hombres y 3 mujeres ).

   Tradición oral en La Codoñera.
    La tradición oral conservó durante decenios el recuerdo de esta epidemia en La Codoñera. El abuelo de los autores de este trabajo, fue licenciado del Servicio Militar el 16 de febrero de 1920 en Barcelona y de inmediato emprendió el camino de regreso a su pueblo. Siempre recordó la impresión que le causó el triste tañido de las campanas al vuelo tocando a difuntos y las dificultades que encontró para entrar a su pueblo natal después de cuatro años de ausencia. Se le indicó que venía de un lugar contaminado y que podía ser portador de la enfermedad.
   Igual fortuna tuvieron las mujeres que volvían al finalizar sus trabajos de servir o de amas de cría en casas pudientes de la capital catalana. A unos dos kilómetros del pueblo, en los corrales de la partida de Las Balsas, se estableció el lugar de la cuarentena para quienes llegaban. A este lugar, cada día acudía la misma persona para llevar la comida. Junto al lavadero municipal, se construyó otro más pequeño para lavar ropa de los enfermos. La Junta de Sanidad mandó que se limpiaran y ventilaran las casas con vapores sulfóricos y lavados con lejía. Los fallecidos eran enterrados rápidamente sin ningún ceremonial. Si la muerte ocurría al atardecer, el cuerpo se transportaba sin ataúd, sobre un escaño a un carro y por las afueras del pueblo se dejaba en el cementerio para su sepultura al día siguiente. También corrió el rumor de algunos dudosos fallecidos en el momento de ser sepultados. Los muertos eran enterrados en una zanja y cubiertos con una capa de cal. Finalizada la epidemia, como en la calle de la Iglesia no hubo ninguna muerte, los vecinos acordaron construir una hornacina y poner la imagen de San Roque.

     Los Facultativos.
    Emilio Tello Muro fue el médico titular de La Codoñera entre 1907 y 1930, con residencia en la calle del Pilar 11. El farmacéutico, que preparaba las recetas fue Miguel Minguez Molins, nacido en 1891 en La Codoñera y que vivía en la calle Mayor 21. Estudió farmacia en la Universidad de Madrid durante los años de 1911 a 1916. Empezó a ejercer sus funciones en La Codoñera en el mes de enero de 1919 y trabajó aquí hasta el 31 de diciembre de 1925 en que se trasladó a Torrevelilla.

    Tratamiento.
    A lo largo de los 3 brotes epidémicos de la gripe de 1918, se consideraron muchas hipótesis sobre su etiología. Al no poder definir la causa de la enfermedad, se generalizó la opinión de que no se podía disponer de un medicamento específico contra ella, como reconoció la Real Academia de Medicina .
Se utilizaron antipiréticos, sudoríficos, tónicos, excitantes, baños purgantes, desinfectantes, sueros, aireación sana, dieta sana e incluso la sangría, adoptando cada médico su propia combinación terapéutica.
   En la sesión de la Real Academia Nacional de Medicina del 1 de julio de 1918, Baltasar Hernández Briz señaló que el tratamiento de la gripe debía consistir en la combinación de los"baños generales, la salipirina y la quinina como tónico; y todo esto precedido de un purgante, bien de aceite de ricino o bien los calomelanos". Entonces no existía la Penicilina para poder tratar las complicaciones posteriores: la gripe provocaba una disminución de la inmunidad y por lo tanto un empeoramiento de otras infecciones preexistentes que presentaba el paciente, que junto con las malas condiciones higiénicas existentes en aquella época, conducía a la aparición de infecciones mixtas difíciles de tratar que pudieran llevarlo a la muerte. Todo se solucionaba con la administración de analgésicos, antitérmicos, expectorantes, laxantes, estimulantes y sedantes, ya sea solos o en distintas combinaciones como jarabes, pociones y algunas fórmulas magistrales preparadas en la farmacia.
    El doctor Tello poseía su propia combinación terapéutica para el tratamiento de los enfermos, la cual mantuvo de forma casi constante, tanto en el inicio de la enfermedad como en sus complicaciones. Hemos podido recuperar un número importante de recetas conservadas en la antigua farmacia del farmacéutico Miguel Mínguez, 58 corresponden al mes de enero, en su mayor parte referidas a tratamientos tópicos y 143 del mes de febrero, cuando la gripe se manifestó con mayor fuerza. Su terapia se basó en la combinación de tres tipos de medicamentos: expectorantes, laxantes y antitérmicos. En cuanto al expectorante cabe señalar que, aunque iniciaba el tratamiento con un solo jarabe, habitualmente prescribía al mismo tiempo 2 o 3 de ellos que se administraban de forma alterna. Sobre los laxantes también hemos podido observar que con  frecuencia los cambiaba como en cada receta sucesiva. Son pocas aquella en las que prescribió sedantes, estimulantes o algún otro tipo de fármacos.
    los medicamentos empleados por Tello, según  su función terapéutica fueron:
   - Analgésicos - antitérmicos: Aspirina, Antipirina, Fenacetina.
   - Expectorantes: Jarabe de Madariaga, Jarabe de Tolú, Jarabe de codeína, Licor de brea, Sales de Nailui.
   - Laxantes: Aceite de ricino, Limonada purgante de citrato de maganesio, Magnesia efervescente, Calo menalos, Antimonio diaforético.
   - Sedantes: Bromuro de potásico, éter sulfórico y jarabe de azahar; Veronal en sellos, Jarbe amoniacal.
   - Estimulantes: Cafeína, Kermes minera, Cloruro de cocaína.
   - Antisépticos: Agua sublimada, Nitrato de Plata, Tintura de todo.
   - Alcalinos: Bicarbonato de sosa.
   - Tratamientos tópicos: Vaselina boricada, Glicerina fenicada, Vaselina bromada, Pomada de brea.
   Durante el mes de enero predominan los tratamientos tópicos que aparecen en 18 recetas (23,9 % del total de medicamentos prescritos). Le siguen los antitérmicos - analgésicos  en 13 recetas (14,13%) y los expectorantes en igual número y proporción. Si bien encontramos, la prescripción de antitérmicos, expectorantes y laxantes, en general son prescritos como medicamentos únicos durante la primera quincena del mes de enero. Después, empezó a probar combinaciones, en general un antitérmico con un laxante o con un expectorante; lo cual nos hace pensar en los inicios del nuevo brote gripal que realmente se pondrá de manifiesto a lo largo del mes de febrero. Los días de febrero con mayor número de recetas fueron el 6 (24), el 10 (18), el 11 (17), el 12 (23) y el 14 (9).
   Comparando los porcentajes de las prescripciones de estos dos meses, podemos apreciar una clara diferencia en los tratamientos y el claro predominio de los medicamentos utilizados para la gripe en el mes de febrero.

    Comparativa enero-febrero
    -Analgésicos-antitermicos:
    14,13 %- 19,87 %
    - Expectantes: 14,13 % - 36, 64 %
    - Laxantes: 10, 86 % - 23, 6 %
    - Estimulantes: 7,6 % - 3,1 %
    - Sedantes: 4,34 % - 5,59 %.
    - Antisépticos: 7,6 % - 5, 59 %
    - Alcalinos: 5,43 % - 0, 62 %
    - Tratamientos tópicos: 23,9 % - 3,72 %
      Otros medicamentos: 10, 86 % - 1,24 %

    El número de medicamentos en cada receta varía de 1 a 3. como se han conservado varias del mismo paciente, es posible seguir la evolución del tratamiento en días sucesivos. A  modo de ejemplo ver el caso de un enfermo del que disponemos de cuatro recetas:
   - Día 6: Aspirina en sellos, Jarabe de Tolú y codeína alternos.
   - Día 9: Lauterina con calomelanos.
   - Día  14 Jarabe de Tolú y jarabe de codeína alternos.


      Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura número 66
   


sábado, 30 de mayo de 2020

CASTELSERAS Y EL GENERAL SERRANO




    Durante el verano de 1837, los carlistas se hicieron dueños del Bajo Aragón. El 3 de octubre ocuparon Torrevelilla, población que había sido fuertemente fortificada y defendida. Las partidas carlistas de Camilo Moreno y Cabañero se movían con gran libertad y amenazaron Caspe el 5 de noviembre con 2.000 infantes y una batería de montaña. El día 7 llegó el brigadier Añón con 300 caballos. Los portales fueron derribados y muchas casas saqueadas y quemadas. El Ejército del Centro envió en su ayuda al brigadier de caballería, José Abecia, con dos batallones y dos escuadrones que operaban entre Teruel y el Ebro. El periódico La Estafeta, en su edición de 14 de noviembre de 1837, al publicar la noticia, pretendía "eanimar la decadencia de espíritu que pudo haber causado la escasez de tropas que se observaba en toda esta parte de Aragón". Sin poder tomar el fuerte de Caspe la mañana del día 9, los carlistas se retiraron con el botín obtenido hacia Castelserás.
    A las 10 de la noche del día 10 de noviembre, la columna del brigadier Abecia, que estaba en Samper de Calanda, salió para interceptar la fuerza carlista mandada por el comandante Camilo Moreno, que se dirigía con el botín hacia Cantavieja por la Valcomuna. A las 5 de la tarde del día 11, la columna avisó de las avanzadillas carlistas en las pequeñas alturas inmediatas a Castelserás sobre el camino de Samper. Otras tropas se movían en la elevación del Calvario y en el llano se veía su caballería.
    La brigada de José Abecía estaba formada por un escuadrón de la Caballería de la Reina, 2º de línea, al mando del comandante Francisco Serrano, y un escuadrón de la Caballería de Cataluña del 6º en línea. Su infantería estaba formada por el primer Batallón del Rey, 3º de línea, y el primer Batallón del Infante, 1º de línea. A estas fuerzas se añadieron, el primer Batallón de Fusileros de Aragón del comandante Baltasar de Torres, los Tiradores de Daroca del coronel Ramón Quintana y la Caballería Movilizada de Cariñena. Los carlistas disponían de unos 1.500 infantes y 300 caballos, formados en tres batallones de infantería, dos escuadrones de caballería y dos piezas de montaña, al mando del jefe de caballería Camilo Moreno.
   Como primera medida, el brigadier liberal envió a la mitad de la caballería del 6º ligero contra las avanzadillas carlistas para obligarlas a repasar el puente hacia la otra orilla del Guadalope. Su infantería, situada en el Calvario, al ver avanzar al batallón de infantería del Rey, precedido de sus cazadores, abandonó las alturas precipitándose hacia las casas y los corrales próximos al puente, y fue sometida al intenso fuego que los tiradores hacían desde ellas. El Guadalope, encajado, con 24 a 30 pies de profundidad, ofrecía dificultades para ser vadeado. El puente era el único acceso al pueblo.
    La Compañía suelta de fusileros de Aragón y los Tiradores de Daroca atacaron por la izquierda del puente, sostenidos por un escuadrón de caballería del 6º de línea y por 2º escuadrón de lanceros de la Reina. Mientras, los batallones, precedidos de sus cazadores y de la mitad de la caballería del 6º, atravesaron el puente y desalojaron a los carlistas de las posiciones que ocupaban en el lado izquierdo. A continuación, el batallón del Infante, 3º de línea, al paso, atacó las posiciones del lado derecho, con el batallón del Rey por el centro. El encuentro fue rápido, los soldados, a la bayoneta y en guerrilla, ocuparon el pueblo con la ayuda de unos pocos jinetes del 6º de caballería. La defensa cesó poco tiempo después. Los carlistas, para intentar salvar el botín que llevaban, abandonaron sus posiciones emprendiendo la retirada por las colinas sobre las que se halla el camino de La Codoñera.
    El primer batallón de fusileros de Aragón, a la bayoneta, continuó su marcha en vanguardia para cortar la retirada de los que huían hasta que tropezó con dos escuadrones carlistas que se presentaron con dos compañías de infantería, Abecia envió el escuadrón de la Reina, al mando del comandante Francisco Serrano, para que cargara contra ellos. La contundencia del ataque provocó la dispersión de los escuadrones enemigos y de la mitad de la infantería que en su mayor parte fue lanceada y quedó prisionera. En su escrito informe, redactado en La Codoñera el día siguiente del combate, señaló que "...nuestro invencible escuadrón, con el bravo comandante Serrano que venía de retaguardia, se se incorpora y se pone a vanguardia y persigue vivamente a la facción, que viéndose obligada a combatir, forma sus masas y se arrojan a la carga sus dos escuadrones protegida por la infantería del primer batallón de fusileros de Aragón al mando del coronel Manuel Sessé". Más adelante añade, "ya era de noche el fuego horroroso; su caballería fue rechazada tres veces a tiro de pistola; su infantería fue lanzada, y lo más particular que todo ocurría en un espeso olivar y a las in mediaciones de La Codoñera, y solo 80 hombres pusieron en vergonzosa fuga una fuerza tan imponente, aunque después de una resistencia obstinada, pues ningún faccioso soltó su fusil interin no recibió tres lanzazos; Su caballería no se ha visto jamás arrojada; nuestra pérdida ha consistido en un sargento graduado de alférez y un soldado muertos , dos gravemente heridos, y dos o tres caballos también heridos; 80 muertos que ha tenido la facción y 140 prisioneros, la mayor parte heridos". Refiriéndose al comandante Serrano dice: "el comandante Serrano es un héroe, excede su arrojo a cuanto se pueda decir".
    Sólo quedó un grupo parapetado en la encumbrada ermita de Codoñera que intentó, con su fuego, dar tiempo para que se retiraran sus fuerzas. El subteniente de cazadores, Pedro Paredes, del primer batallón del Rey, con la cuarta parte de de su compañía, los desalojó de sus posiciones. El enemigo huyó hacia los Puertos. Pirala1 escribió que fueron capturadas dos compañías carlistas y que Camilo Moreno fue destituido por el brigadier Manuel Añón. Tras el combate, los liberales recogieron 11 cajones de municiones y 8 cargas de fusiles. El éxito del combate aumentó la moral de los liberales, necesitados de ellas después de las derrotas sufridas, aunque sus efectos sobre la marcha de la guerra fueron nulos. La prensa, ávida de noticias favorables, repitió, durante cerca de dos semanas, la victoria obtenida y el valor demostrado el comandante Serrano. Esta constituyó un fuerte espaldarazo en al carrera en el poder del comandante Francisco Serrano que le supuso el ascenso a teniente coronel efectivo y la concesión de la laureada de San Fernando. En el manuscrito del brigadier José Abecía2, podemos leer la consideración que le merecía de su superior en la sección de Castelserás.
    Al firmarse el Convenio de Vergara en 1839, ya era coronel. En julio de ese año, comenzó su carrera política como diputado por Málaga. La suya fue una de las carreras militares y políticas más brillantes y controvertidas del siglo XIX. Favorecido por Espartero, se convirtió luego en su enemigo. En septiembre de 1868, siendo "Duque de la Torre", encabezó, con el general Prim y el almirante Topete, el pronunciamiento militar que derrocó a Isabel II, su antigua protectora y amante. Fue tolerante con la I República, aunque acabó reconociendo a Alfonso XII.


Los autores agradecen la colaboración prestada por Manuel Cerezuela Domene de Castelserás y a la Biblioteca Histórica-Militar y Cultura Pirenaico, que nos ha facilitado la consulta de los fondos bibliográficos.
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1A.PIRALA. Historia de laguerra civil y de los partidos liberal y carlista, 1853-56. Vol. IV,pág. 300.
2 Instituto de Historia y Cultura Militar, Museo de Infantería, nº 63.138. Acción contra los carlistas Moreno y Cabañero en Castelserás en noviembre de 1837.


             Artículo publicado en la revista Compromiso y Cultura nº 54